martes 21 de febrero de 2012

¿Cómo esperás encontrarte con Él?

Una opinión muy personal, abierta a discusión…

Una de las características que resaltan al leer la Biblia y conocer los estilos de vida de los primeros cristianos era su estrecha relación con Dios, su fe y pasión por Jesús, su comunicación tan especial con el Espíritu Santo, Dios cumpliendo su promesa de acompañarnos por siempre.

Me encanta ver en las cartas de Pablo, las palabras y discursos hacia los primeros cristianos, esos consejos y hechos sobre la necesidad que debemos tener por Él, por conocerle, por hacerle parte de nuestra vida, pero sobretodo por escuchar Su Voz. Estoy seguro que el Espíritu Santo fue el provocador de grandes transformaciones y movimientos a lo largo de la historia y sí, es el iniciador de esas grandes pasiones que han marcado a distintas generaciones dentro de la Iglesia, despertares del que anhelo ser parte. El Espíritu Santo más allá de ser algo, es alguien que intercede por nosotros delante del Padre y nos provee de dones y esperanza para cumplir la misión de Dios en nuestra generación.

Es innegable ver la presencia de Dios de manera tan sobrenatural día a día en nuestra vida. Es difícil para el seguidor de Cristo vivir diariamente sin reconocer la presencia del Espíritu Santo actuando en lo cotidiano. La pregunta que me hago es, ¿Estoy siendo perceptivo en cuanto el Espíritu Santo, o más bien, estoy siendo receptivo acerca del mensaje y consejo del Santo Espíritu de Dios? ¿Bajo qué circunstancias espero encontrarme con Él.

Desde niño me congrego en una iglesia cristiana cuyas costumbres hasta cierto punto son bajo la premisa del orden en la congregación. Con el paso del tiempo he tenido la oportunidad de predicar y escuchar a diversos ministros y pastores de diversas denominaciones, algunas más eufóricas, otras no tanto. Y estoy seguro que en cada reunión, prédica o charla el Espíritu Santo estuvo presente. Sin embargo más joven, tenía mis dudas si yo alguna vez había tenido una experiencia con el Espíritu Santo. Durante muchos años había encasillado la manifestación de su presencia a hechos totalmente difíciles de explicar: hablar en lenguas e interpretación de las mismas, descansar en el Espíritu, dones de profecía, de interpretación, temblor del cuerpo, danza y júbilo inexplicable, cánticos nuevos que salían en el momento, etcétera. Pensaba que si no experimentaba algo relacionado a esto, pues simplemente no estaba conectado con Él.

Me preguntaba si estos hombres y mujeres que la Biblia menciona vivían todos los días hechos sobrenaturales como estos. Me preguntaba si estas manifestaciones eran reservadas para alguien con más “experiencia” en la vida cristiana. Me preguntaba si mi rutina no era lo suficientemente “cristiana” como para escuchar a Dios y evidenciar que en mí vivía el Espíritu Santo. Me preguntaba si quizás me hacía falta orar más o subir más los estándares de mis disciplinas y tradiciones evangélicas. No estoy en contra de estos hechos sobrenaturales, al contrario, si eres cristiano y has vivido esto, realmente entiendes que todas estas manifestaciones son un descanso y gozo inexplicable al vivirlo. Encuentras en estos momentos una paz, frescura, revitalización tan increíble que no hay palabras para definirlo, pero tu corazón sabe que Dios está presente y que esos momentos cambian todo y pueden provocar grandes inicios para el resto de tu vida.

Sin embargo, Dios me ha enseñado en Su Palabra que el Espíritu Santo disfruta presentarse en lo sobrenatural, pero con la misma intensidad disfruta estar presente en nuestro diario vivir. Dios se presenta en todas las manifestaciones del párrafo anterior y muchas más. Pero no podes limitar tu experiencia con el Espíritu Santo a solo estos momentos. ¿Qué sucede con el Espíritu Santo en medio de nuestras rutinas cotidianas? ¿Se queda descansando en nuestros templos?

Para serte sincero, donde más quiero encontrarme con Él es en el día a día de la vida. Y es ahí donde más deseo conocerlo y reconocer Su presencia. En esos momentos cruciales donde tengo que decidir si sigo mis deseos carnales u honro a Dios con mi vida. Deseo conocerlo en las rutinas más sencillas como ir al trabajo o en la oración matutina al despertarme. Deseo saber que está ahí cuando leo Su Palabra y veo como esas líneas se transforman en una voz aconsejándome y trazando el camino que debo seguir. Deseo conocerlo en esos momentos donde se presenta la oportunidad de mostrarle a otros que una relación con Dios es algo posible y real. Deseo vivir al lado del Espíritu Santo en mis lágrimas y lamentos cuando la prueba es fuerte y ya no se qué hacer. Deseo conocer al Espíritu Santo y ser consolado cuando fracaso. Deseo vivir una aventura al lado del Espíritu Santo cuando decido ser obediente y caminar en pos de los sueños que Dios puso en mí. Deseo conocer al Espíritu Santo cuando no le puedo encontrar otra razón a mis éxitos y buenos momentos más que a su infinita gracia rodeándome.

Es agradable y se disfruta tanto al Espíritu Santo en momentos indescriptibles, sobrenaturales; pero en mi opinión, tan personal y expuesta en estas líneas, estaría satisfecho si la voluntad del Espíritu Santo para con mi vida fuese que solo se diera a conocer en la rutina, en esos momentos diarios, tan humanos, tan carnales, pero tan necesarios de su presencia. Muchas veces anhelamos tanto lo sobrenatural que nos olvidamos que luego del domingo existen seis días en donde la presencia de Dios es tan o aún más necesaria que lo que puedes experimentar en tu congregación semanal.

Mi oración es que todo el pueblo de Dios, la Iglesia en sí, podamos encontrarnos con Dios tanto en lo sobrenatural como en lo cotidiano… más allá de desear esos “toques” sobrenaturales a nuestra vida… poder evidenciar su amor en cada uno de los pasos que damos. No desearlo como cuando te tomas un Red Bull y recibes energía instántanea… sino disfrutarlo cada día, conocerlo a cada instante, como esa taza de café que acompaña todas tus mañanas.

En la manera en que Él decida actuar en mi vida, de algo estoy seguro… Su amor no faltará y no seré el mismo en cada encuentro, sobrenatural o cotidiano con mi Consolador, con mi Consejero, con mi Proveedor de Esperanza, dones y sueños: el Espíritu Santo de Dios.

jueves 2 de febrero de 2012

No

Pregunto: ¿Cuántos años vas a seguir escribiendo las mismas metas cada 31 de diciembre?

Enero del 2012 ya pasó a la historia y con él, la famosa “Cuesta de Enero”. En mi opinión hacemos de Enero el mes más optimista, entusiasta y enérgico de todos. Nos proponemos metas geniales, capaces de mover el mundo a un mejor lugar. “Bajar de peso”, “leer mi lista de libros en espera”, “terminar la universidad”, “escribir un libro”, entre tantas opciones de metas que guardamos en el corazón y que compartimos con muchos.

El problema de soñar en Enero es que generalmente la acción sobre tus metas no es tan sencilla como pensarlo. En algunas áreas te requerirá levantarte más temprano, seguir un horario, entregar cuentas de tus acciones, sacrificar viejos hábitos o salirte de tu status quo y ahí es donde Enero pierde su fuerza hasta ignorar cada ideal por completo. Seguro te ha pasado y por supuesto que me ha pasado a mí.

Uno de los artículos más interesantes que leí en esos momentos de procrastinación surfeando en la web fue el experimento “My One Word” (el cual puedes leerlo a fondo acá), el cual básicamente consiste en sustituir esas largas declaraciones de metas que nunca te aprendes y abandonas en un cuaderno, en una hoja o en un archivo en tu computadora; y sustituirlas por una sola palabra que te permitirá definir el camino a seguir. Para mí, esto me parece genial, ya que me permite actuar con un enfoque claro de hacia dónde debo ir. Así que mi palabra declaratoria de avance para este dos mil doce es: NO.

Quizás de esta monosílaba siempre veamos el contexto negativo pero para mí es todo lo contrario. Porque significa muchas veces renuncia, pausa, sacrificio, límites quizás, pero el resultado será aceptación, avance, logros y libertad en las áreas que necesito crecer. Hay metas que año con año me he forjado como mejorar mi condición física, escribir un libro que llevo en el corazón desde el 2010, seguir un plan devocional aún mejor que el año pasado y dedicarme a leer la larga lista de libros que tengo en espera. Cada 31 de diciembre estas metas aparecen en mi viejo cuaderno pero he decidido hacer el máximo esfuerzo para que hayan sido escritas por última vez.

Porque cada vez que le digo NO a la comodidad del sofá al regresar al trabajo es un SÍ a una hora de ejercicios que me permitirá ser mejor que ayer. Porque cada vez que le digo NO a la tentación, es un paso adelante hacia una vida de integridad. Porque cada vez que le digo NO a la comida rápida es un Sí a la dieta que necesito llevar. Porque cada vez que le digo NO a una idea, cita o plan que está fuera de mi enfoque es un SÍ a las metas que tengo que cumplir. Porque cada NO que le doy a la procrastinación es un SÍ a la productividad. Porque cada NO al cómodo “bueno” que nos detiene es un paso a lo mejor que siempre me espera.

De las metas y sueños creo que podríamos hablar mucho. La Biblia nos enseña bastante de ellos, existen infinidad de libros sobre ello, pero en toda la enseñanza siempre encontrarás que vas a necesitar un enfoque y actuar en pos de ello.

Hay sueños cumplidos en mi historial que solo han sido posibles por la Gracia sobrenatural de Dios y esos momentos que no comprendes pero a la vez sabes que Dios estuvo presente. Pero existen otras metas, esos pasos que necesitas dar en tu vida cotidiana, donde requieren tu acción, tu decisión, tu sacrificio, y en mi caso, decir NO, para vivir un mejor presente… y sé que ahí también actuará la gracia de Dios, quizás no de manera sobrenatural que roce lo fantástico, pero sí para apoyarte en tus hábitos, en tus pequeños sacrificios, en sacarte esa sonrisa o darte razones para continuar y no parar.

Creo que ha llegado el tiempo de hacer tu vida mejor. Dios estará contigo pero requiere tu acción, tu decisión. Requiere dejar de soñar y comenzar a vivir el sueño. Cueste lo que cueste, porque… ¿Cuántos días más te verás al espejo hasta cambiar lo que sabes que puedes cambiar? ¿Cuánto tiempo más te vas a tomar para sacar la tristeza y la frustración que llevas dentro al ver que el cambio no viene? ¿Cuánto más el mundo debe esperar a que te decidas ser mejor que ayer? ¿Cuántos días más te dedicarás a soñar y fantasear sabiendo que ya puedes comenzar a trabajar en tus anhelos? ¿Cuántos días vas a gastar para decidirte renunciar a tu comodidad y seguir el propósito para el cual Dios te creó? ¿Cuántos años de tu juventud se irán sabiendo que no los dedicaste en tus más preciadas pasiones e ideales? ¿Cuán interesado estásen agregar valor, hechos e historias dignas de contar al legado que hasta ahora tienes?… Repito: ¿Cuántos años vas a seguir escribiendo las mismas metas cada 31 de diciembre?

lunes 30 de enero de 2012

Adulam–parte 2

Hace unas semanas escribí sobre una de las enseñanzas que me ha dado la historia de David respecto a ser líder, específicamente en lo que se escribe de él en la Biblia cuando huía de Saúl en las cuevas de Adulam. (Puedes leerlo acá). Y más allá de ese evento, mi aprendizaje ha sido por lo que sucedió después y  el legado que David entregó al tomar decisiones valientes en ese lugar.

1 Samuel 22 nos habla sobre cómo David huía del rey Saúl y que escapó de la ciudad de Gat para refugiarse en la cueva de Adulam. Al poco tiempo se unieron sus hermanos y parientes y luego, la Biblia narra que comenzaron a llegar otros “hombres que tenían problemas o que estaban endeudados o que simplemente estaban descontentos…”, y con todos ellos, David formó un ejército de alrededor 400 hombres.

Lo fascinante de este relato en la Biblia es lo que sucedió con estos hombres, fracasados desde la perspectiva de la sociedad, pero que fueron transformados por la influencia de su líder y posterior rey, David. Parece ilógico el hecho de seguir a un fugitivo como respuesta a sus problemas, sin embargo ellos lo hicieron.

Al final de la historia de David, en 2a Samuel 23, encontramos cómo estas vidas fueron cambiadas con el paso del tiempo. De fracasados a exitosos, de fugitivos a valientes, de temerosos a ser los mejores soldados de su ejército. El escritor de este libro nos cuenta de hechos asombrosos labrados por tres guerreros y de cómo un escuadrón llamado “los treinta de David” eran hombres temidos por los ejércitos enemigos. ¿Qué sucedió?

Al conocer la historia de David y sus valientes, puedes darte cuenta el poder de tu influencia en la línea del tiempo.

Tienes influencia en otros con tus hechos pasados. David antes de estar en el momento de crisis de Adulam, fue un excelente guerrero que derrotó a uno de los enemigos más temidos de Israel (Goliat) además de dirigir al ejército judío en muchas batallas. Seguramente muchos de los hombres que decidieron seguirle conocían sus hechos y sabían que podían confiar en un nuevo comienzo a su lado.

Tienes influencia en otros con la pasión con la que vives hoy. Es notorio cuando una persona es apasionada. Hasta la tarea más pequeña es hecha con el esmero que harías tu máxima proeza. David no era la excepción y su liderazgo estaba marcado con caminar en pos de darle el honor a Dios en todo lo que hacía, desde alabar a través de la música, hasta derrotar a las ciudades enemigas del pueblo de Dios. David fue conocido por su pasión y su liderazgo inspiraba a otros a tener una entrega total en todo lo que hacían.

Tienes influencia en otros a través de tu visión. David soñaba con un mejor Israel. Sabía que tenía una visión que cumplir, llegar a ser rey para adorar a Dios y restituir lo que se había perdido. Quizás en las cuevas de Adulam todo parecía perdido pero él tenía una visión y sabía que con el respaldo de Dios podía lograrlo. Cuando un líder sabe a donde va, quienes lo siguen acompañarán cada paso que se deba dar.

David logró trasladar el éxito de sus logros, la pasión de su presente y la transmisión de una visión que no le daría importancia a Él sino a Dios. David logró influenciar a un ejército de hombres y mujeres inconformes para que vivieran un mejor mañana del que sus circunstancias les permitían ver. Su liderazgo no lo llevó a sus intereses sino al cumplimiento de una visión más grande, la que estaba escrita en el plan de Dios y no sólo el pudo encontrar el éxito sino los que lo acompañaban, pues fueron transformados en personas apasionadas dispuestas a cumplir un plan que los incluía a todos y no solo los intereses de quien estaba al frente.

Todo líder tiene la capacidad de influenciar la vida de otros a través de sus palabras y hechos. Todo líder tiene la responsabilidad de hacer brillar a su equipo al hacer propiedad de todos la visión que los hace caminar. Todo líder debería ser la plataforma para el éxito individual de quienes colaboran con él. Porque ser un líder no es cuestión de posición sino de manejar una pasión y lograr resultados que valgan la pena de ser recordados.

Si tienes una posición de liderazgo cuida tu influencia. No descanses en el éxito pasado, úsalo como referencia de a dónde Dios te ha permitido llegar. Vive con pasión hoy pero a la vez mantén clara tu visión para llegar a donde Dios ha decidido que vayas. Trabaja en las tres y tu historia será recordada siempre.

jueves 29 de diciembre de 2011

Emanuel

Simplemente saber que estás aquí, hace mejor mi vida… ¡Oh Emanuel!

¿Alguna vez te has preguntado el significado de tu nombre? ¿Alguna vez te has preguntado la razón por la cual tus papás decidieron llamarte así?  ¿Has pensado alguna vez en lo que piensan los que te conocen cuando tu nombre es mencionado? ¿Cómo te recordarán cuando ya no estés en este mundo al mencionarte?

Es curioso como la vida le da el significado a esa o esas palabras que al unirlas hacen tu nombre, tu identidad, tu carta de presentación… el “sonido más dulce” diría una de mis maestras de secundaria. Exceptuando aquellos casos en donde un apodo o seudónimo es tu marca principal, el nombre que llevas realmente es una valiosa posesión que debes cuidar. Llevo el nombre de mi papá y el de mi abuelo paterno y sí, mi nombre principal (Salvador) tiene un sinfín de variaciones en Guatemala y en toda Hispanoamérica.

No estoy seguro sobre si voy a llamar a mi hijo como yo para que continúe el legado en una cuarta generación pero de alguna manera, la manera en que te nombran es tan importante como lo que para los otros representa. Con esto no quiero decir que la percepción de los demás sobre tu vida sea lo principal, pero es nuestra responsabilidad saber qué valor aportamos en la vida de otros.

Es preciso recordar que todos tenemos venimos a cumplir un propósito, a dejar un legado, a escribir una historia… legado que todos recordarán con tan solo escuchar tu nombre.

Pienso en la importancia del nombre porque veo una y otra vez en la Biblia, el valor que le daban a esto. Si revisas en la mayoría de libros que la conforman, puedes darte cuenta que muchos de las personas mencionadas a lo largo de ella, fueron llamadas por un nombre en específico que acompañaba una misión, un propósito, una situación en especial. El nombre en esas épocas reflejaba el carácter de la persona, las características de la misma y generalmente le daban un reconocimiento especial a su vida y sus hechos.

La Biblia menciona por ejemplo a Abram, mejor conocido como Abraham, quien pasó a llamarse así a causa del propósito que Dios depositó en él. Jacob pasó a llamarse Israel debido a la misión que Dios puso sobre su vida. Incluso vemos casos como los de Jabes en donde estaba condenado a vivir una vida sin éxito a causa de su nombre y rogó a Dios por un cambio y esto sucedió. El valor que le daban a sus nombres muchas veces determinaba el resto de su vida. Y el nacimiento de Jesús no fue la excepción.

La llegada de Jesús era el cumplimiento de una promesa dada muchos años atrás, el pueblo israelita esperaba la llegada del Mesías para encontrar la libertad tan ansiada y de hecho, la profecía hablaba de uno de los nombres que debía dársele a aquel que llegaría a reinar: Emanuel. Mateo 1:20-25 captura ese momento en donde el ángel le habla a José:

“…Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» 22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: 23 «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel» (que significa «Dios con nosotros»). 24 Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa. 25 Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús.” (NVI)

La llegada del Hijo de Dios venía a cumplir un propósito más grande que cualquier plan pensado por la humanidad. Debería ser llamado Jesús (porque debería rescatar a la humanidad de sus pecados y reconciliarlos con Dios), pero también la promesa de que nuestro Dios estaría con nosotros SIEMPRE. ¡Oh Emanuel! En su nombre, en la manera en que era llamado, estaba su propósito.

El hijo de Dios cumplió su llamado. Nos ha rescatado. Su nombre evocaba esperanza y liberación. Y aún lo hace. Su vida lo reflejaba, sus hechos lo anunciaban. Sus palabras lo confirmaban. Era Jesús, era Emanuel. Solo mencionar su nombre, me trae esperanza, renueva mi fe, me da fortaleza y saca la soledad de mi ser. ¡Oh Emanuel!

Más que de nuestros nombres y significados, escribí esto porque quiero recordar siempre el peso, el valor, la importancia que Dios le dio al enviar a Su Hijo a este mundo. Resumido en dos palabras: Jesús, Emanuel. ¡Cuánto hay detrás de Su Nombre!

Cada vez que menciones a Jesús, recuerda que Él nos rescató de las vidas que merecíamos y que al mismo tiempo está cumpliendo la promesa de que siempre estaremos a su lado. Porque cuando recuerdes que el Hijo de Dios fue llamado Emanuel, puedes ver cuánto amor está en esta promesa: Dios con nosotros.

Dios con nosotros, en los problemas y tentaciones, en las risas y alegrías. Dios con nosotros, en las lágrimas y tristezas, en los éxitos y fracasos. Dios con nosotros, en el Norte y en el Sur. En el trabajo y en casa. Dios con nosotros, sirviendo al prójimo, cumpliendo Su misión. Dios con nosotros, mientras estamos solos, mientras hacemos Iglesia. Dios con nosotros en el abrazo y el perdón. Dios con nosotros al volver a casa. Dios con nosotros en el arrepentimiento. Dios con nosotros en nuestros más locos sueños. Dios con nosotros ayer. Dios con nosotros ahora. Dios con nosotros siempre. ¿Qué otro motivo le da esperanza a mi vida sino saber que justo aquí, mientras estas líneas llegan a su punto final, Dios está conmigo, con nosotros?

¡Oh Emanuel!

miércoles 30 de noviembre de 2011

Adulam – parte 1

Lecciones de liderazgo por un fugitivo y un ejército de desgraciados…

Sin duda alguna, uno de los personajes que la Biblia menciona y que más ha inspirado mi vida ha sido David; “el hijo de Isaí, el hombre que fue elevado tan alto; el hombre ungido por el Dios de Jacob; el dulce salmista de Israel…” (citando a 2a Samuel 23:1), aquel del que Lucas escribió en Hechos como un hombre conforme al corazón de Dios.

Pecador y vulnerable como yo, pero que conoció el poder de la gracia transformadora de Dios y la dependencia radical al respaldo y poder de su amado Señor. Realmente pienso en esto y hay un deseo en mí de poder conocer a Dios como lo hizo David, de poder adorar a Dios de manera tan sincera como aquel que nació para ser pastor de ovejas pero llegó a ser el Rey de Israel que todas las generaciones posteriores recordarían. Un líder cuyo ejemplo es digno de aprender.

Seguramente has leído muchos de sus famosos salmos, de la historia donde venció al gigante o su gran error al adulterar con Betsabé; pero nada nos enseña de su  liderazgo como regresar al momento que pasó en  Adulam, ese lugar en la vida de David que cambió su panorama para siempre. Desterrado de su patria, perseguido por un rey caprichoso y su ejército… sin la comodidad y la fama que lo cobijaba en su pasado, como lo menciona 1a. Samuel 22, el David que decidió esconderse en aquella cueva, esperando quizás su final, distaba mucho de aquel David que todos vitoreaban con aquella famosa frase “Saúl mató a mil pero David mató a diez mil….”, y es que te prometan que un día serás rey y de un momento a otro te conviertes en fugitivo, es un golpe bajo a la fe de cualquiera.

Sin embargo, esta crisis en la vida de David (como en muchas otras que menciona la Biblia), hizo despertar en él su liderazgo y convicciones más fuertes, permitiéndole escribir una mejor historia, más allá de sus circunstancias y retos. La pregunta ahora es, ¿Qué sucedió en David mientras escapaba de un destino que parecía definitivo?

La Biblia nos enseña que David escribió el salmo 57 y el salmo 142 mientras se encontraba huyendo de Saúl y en medio de esas cuevas, David se encontró con Dios. Quizás no tenía armas, recursos o fuerzas para desafiar al rey Saúl, pero tenía a Dios. Quizás no tenía el respaldo del rey ni un plan para su futuro, pero tenía a Dios, ahí, junto a Él. Quizás no tenía consejeros a su alrededor o a los más capacitados pero en medio de su prueba, descubrió que ahí se encontraba a Dios. Y aún sin nada, su actitud cambió… salió de esa cueva y no se detuvo hasta ver la promesa de Dios cumplida en su vida, el reinado de Israel, no para su gloria sino para la de Dios… una promesa cumplida no para su beneficio sino para el bien de su generación. Al salir de esa cueva, no cambiaron sus circunstancias pero sí su actitud y su fe en el cumplimiento de una promesa. Y el pastor de ovejas que se convirtió en héroe y luego en fugitivo, luchó en el nombre de Dios, empoderado bajo Su Espíritu contra cada enemigo hasta llegar a ver con sus propios ojos las maravillas que Dios inició a partir de una crisis, ocultada en aquella cueva en el desierto, en Adulam.

¿Cuántas veces no nos hemos encontrado en problemas? Ninguno de ellos son invitados a nuestra vida. Unos son consecuencias de nuestras decisiones, otros no tienen explicación. Unos te quitan todo, otros te traen lágrimas pero a pesar de ello, todas tienen una oportunidad encerrada, la misma que tuvo David: encontrarte con Dios y confiar en que Él tiene un plan más allá de lo que la crisis te permite ver.

Todo líder necesita cambiar de actitud si las crisis en su vida lo agobian. No puedes liderar si crees que tus problemas son más grandes que tus soluciones. No puedes influenciar a otros si tú mismo eres preso de la agonía que provocan los problemas en la vida. Quizás no haya salida y estás esperando la llamada final para dejar morir tus pasiones, pero debes recordar que Dios también estará presente ahí, justo ahí, al lado de quienes decidan dejar todo por honrar y adorar con sus sueños e ideales a Jesús.

<<Clamo al SEÑOR; ruego la misericordia del SEÑOR. Expongo mis quejas delante de él y le cuento todos mis problemas. Cuando me siento agobiado, sólo tú sabes qué camino debo tomar. Vaya adonde vaya, mis enemigos me han tendido trampas. Busco a alguien que venga a ayudarme, ¡pero a nadie se le ocurre hacerlo! Nadie me ayudará; a nadie le importa un bledo lo que me pasa. Entonces oro a ti, oh SEÑOR y digo: «Tú eres mi lugar de refugio. En verdad, eres todo lo que quiero en la vida. Oye mi clamor, porque estoy muy decaído. Rescátame de mis perseguidores, porque son demasiado fuertes para mí. Sácame de la prisión para que pueda agradecerte. Los justos se amontonarán a mi alrededor, porque tú eres bueno conmigo». - Salmo 142