¿De qué estamos hablando?

Adulam – parte 1

Lecciones de liderazgo por un fugitivo y un ejército de desgraciados…

Sin duda alguna, uno de los personajes que la Biblia menciona y que más ha inspirado mi vida ha sido David; “el hijo de Isaí, el hombre que fue elevado tan alto; el hombre ungido por el Dios de Jacob; el dulce salmista de Israel…” (citando a 2a Samuel 23:1), aquel del que Lucas escribió en Hechos como un hombre conforme al corazón de Dios.

Pecador y vulnerable como yo, pero que conoció el poder de la gracia transformadora de Dios y la dependencia radical al respaldo y poder de su amado Señor. Realmente pienso en esto y hay un deseo en mí de poder conocer a Dios como lo hizo David, de poder adorar a Dios de manera tan sincera como aquel que nació para ser pastor de ovejas pero llegó a ser el Rey de Israel que todas las generaciones posteriores recordarían. Un líder cuyo ejemplo es digno de aprender.

Seguramente has leído muchos de sus famosos salmos, de la historia donde venció al gigante o su gran error al adulterar con Betsabé; pero nada nos enseña de su  liderazgo como regresar al momento que pasó en  Adulam, ese lugar en la vida de David que cambió su panorama para siempre. Desterrado de su patria, perseguido por un rey caprichoso y su ejército… sin la comodidad y la fama que lo cobijaba en su pasado, como lo menciona 1a. Samuel 22, el David que decidió esconderse en aquella cueva, esperando quizás su final, distaba mucho de aquel David que todos vitoreaban con aquella famosa frase “Saúl mató a mil pero David mató a diez mil….”, y es que te prometan que un día serás rey y de un momento a otro te conviertes en fugitivo, es un golpe bajo a la fe de cualquiera.

Sin embargo, esta crisis en la vida de David (como en muchas otras que menciona la Biblia), hizo despertar en él su liderazgo y convicciones más fuertes, permitiéndole escribir una mejor historia, más allá de sus circunstancias y retos. La pregunta ahora es, ¿Qué sucedió en David mientras escapaba de un destino que parecía definitivo?

La Biblia nos enseña que David escribió el salmo 57 y el salmo 142 mientras se encontraba huyendo de Saúl y en medio de esas cuevas, David se encontró con Dios. Quizás no tenía armas, recursos o fuerzas para desafiar al rey Saúl, pero tenía a Dios. Quizás no tenía el respaldo del rey ni un plan para su futuro, pero tenía a Dios, ahí, junto a Él. Quizás no tenía consejeros a su alrededor o a los más capacitados pero en medio de su prueba, descubrió que ahí se encontraba a Dios. Y aún sin nada, su actitud cambió… salió de esa cueva y no se detuvo hasta ver la promesa de Dios cumplida en su vida, el reinado de Israel, no para su gloria sino para la de Dios… una promesa cumplida no para su beneficio sino para el bien de su generación. Al salir de esa cueva, no cambiaron sus circunstancias pero sí su actitud y su fe en el cumplimiento de una promesa. Y el pastor de ovejas que se convirtió en héroe y luego en fugitivo, luchó en el nombre de Dios, empoderado bajo Su Espíritu contra cada enemigo hasta llegar a ver con sus propios ojos las maravillas que Dios inició a partir de una crisis, ocultada en aquella cueva en el desierto, en Adulam.

¿Cuántas veces no nos hemos encontrado en problemas? Ninguno de ellos son invitados a nuestra vida. Unos son consecuencias de nuestras decisiones, otros no tienen explicación. Unos te quitan todo, otros te traen lágrimas pero a pesar de ello, todas tienen una oportunidad encerrada, la misma que tuvo David: encontrarte con Dios y confiar en que Él tiene un plan más allá de lo que la crisis te permite ver.

Todo líder necesita cambiar de actitud si las crisis en su vida lo agobian. No puedes liderar si crees que tus problemas son más grandes que tus soluciones. No puedes influenciar a otros si tú mismo eres preso de la agonía que provocan los problemas en la vida. Quizás no haya salida y estás esperando la llamada final para dejar morir tus pasiones, pero debes recordar que Dios también estará presente ahí, justo ahí, al lado de quienes decidan dejar todo por honrar y adorar con sus sueños e ideales a Jesús.

<Entonces oro a ti, oh SEÑOR y digo: «Tú eres mi lugar de refugio. En verdad, eres todo lo que quiero en la vida. Oye mi clamor, porque estoy muy decaído. Rescátame de mis perseguidores, porque son demasiado fuertes para mí. Sácame de la prisión para que pueda agradecerte. Los justos se amontonarán a mi alrededor, porque tú eres bueno conmigo». – Salmo 142