#AlpiedelaCruz – 4: Amigos.

Mi Dios es un Dios que llama a sus hijos, a sus seguidores: amigos.

La mayoría de los mensajes y ejemplos, milagros de Jesús no se realizaron en los templos o sinagogas de su tiempo. Los hechos de Jesús fueron en medio de la cotidianidad de su pueblo. En los caminos que cruzaba, en los montes y valles en donde la gente lo detenía para escucharlo hablar, en las casas, en encuentros personales con Jesús. Jesús no iba tras la solemnidad sino tras las personas. Jesús quería mostrar al mundo que Su mensaje y ejemplo podía vivirse en lo cotidiano. Su ministerio fue relacional.

Jesús sabía que su misión y ministerio de manera presencial tenía un tiempo límite pues finalizaría en la cruz; pero también sabía que Su mensaje y misión estaban destinados a regresar a los hijos de Dios de vuelta a Su Padre. Es por eso que el ministerio de Jesús se enfocó en cuidar a sus amigos, a sus apóstoles, a enseñarles y fortalecer Sus vidas con la visión eterna de Dios: Un Reino que no tenía fin, un Reino que tenía comenzar desde ya. Un reino disponible y real.

Si bien Jesús predicó a multitudes, compartió en templos, hizo milagros entre otras actividades públicas, los registros de los evangelios guardan más pasajes acerca de enseñanzas que dio a sus amigos, a sus discípulos.

Hoy según la tradición cristiana, recordamos el momento de la última Cena de Jesús con sus apóstoles. El libro de Juan más que ningún otro evangelio nos muestra que ese momento en sus vidas fue más allá de compartir el pan y el vino. Juan capítulos 13 al 17 nos muestra como Jesús les recordó de la forma de vivir a sus discípulos, de la importancia de permanecer en Él, de confiar en la promesa del Espíritu Santo y cierra esa noche especial con una oración, por la gente que amaba, por aquellos que compartieron su tiempo con él, sus apóstoles, sus discípulos, pero sobretodo, sus amigos. Las palabras de Jesús esa noche cerraron con esta oración:

Juan 17:9-26 NTV
»Mi oración no es por el mundo, sino por los que me has dado, porque te pertenecen. Todos los que son míos te pertenecen, y me los has dado, para que me den gloria. Ahora me voy del mundo; ellos se quedan en este mundo, pero yo voy a ti. Padre santo, tú me has dado tu nombre; ahora protégelos con el poder de tu nombre para que estén unidos como lo estamos nosotros. Durante el tiempo que estuve aquí, los protegí con el poder del nombre que me diste. Los cuidé para que ni uno solo se perdiera, excepto el que va camino a la destrucción como predijeron las Escrituras. »Ahora voy a ti. Mientras estuve con ellos en este mundo, les dije muchas cosas para que estuvieran llenos de mi alegría. Les he dado tu palabra, y el mundo los odia, porque ellos no pertenecen al mundo, así como yo tampoco pertenezco al mundo. No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Al igual que yo, ellos no pertenecen a este mundo. Hazlos santos con tu verdad; enséñales tu palabra, la cual es verdad. Así como tú me enviaste al mundo, yo los envío al mundo. Y me entrego por ellos como un sacrificio santo, para que tu verdad pueda hacerlos santos. »No te pido solo por estos discípulos, sino también por todos los que creerán en mí por el mensaje de ellos. Te pido que todos sean uno, así como tú y yo somos uno, es decir, como tú estás en mí, Padre, y yo estoy en ti. Y que ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. »Les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo estoy en ellos, y tú estás en mí. Que gocen de una unidad tan perfecta que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amas tanto como me amas a mí. Padre, quiero que los que me diste estén conmigo donde yo estoy. Entonces podrán ver toda la gloria que me diste, porque me amaste aun antes de que comenzara el mundo. »Oh Padre justo, el mundo no te conoce, pero yo sí te conozco; y estos discípulos saben que tú me enviaste. Yo te he dado a conocer a ellos y seguiré haciéndolo. Entonces tu amor por mí estará en ellos, y yo también estaré en ellos». (Juan 17:9-26 NTV)


Jesús enseñó y sigue enseñando que la Iglesia no nació para permanecer en un templo de lunes a domingo. Jesús desea que Sus amigos salgan de los templos y que en la rutina de su vida sea presentado. Él así lo deseó y oró. Somos uno con Él. Tenemos el amor del Padre, el poder de Jesús y la guía y protección del Espíritu Santo como respaldo. Jesús desea una iglesia unida, viva, con ministerios enfocados en la relación y no en la tradición.

Al pie de la cruz, los apóstoles de Jesús miraban como su líder y amigo moría inocentemente por los pecados de la humanidad. Quizás en ese momento sus corazones tenían pesar y temor, pero eso no fue al final lo que lideró el restos de sus vidas. Más bien fueron esas palabras de esa última cena de aquel hombre, el hijo de Dios, quien los llamó amigos y les mostró que en una muerte vergonzosa de cruz los amaba como nadie más. El evento de la cruz tomó sentido al recordar lo que dijo Jesús en esa última cena: “No hay un amor más grande que el dar la vida por los amigos…”.

Soy amigo de Dios. Tal afirmación debería debe moldear mi existencia para siempre. Nada da más seguridad a mis sueños y mi presente como saber que soy amado por Dios.

Fotografía del portafolio Flickr de Milivoj Sherrington. Usada bajo licencia Creative Commons.