Buscando en este mundo lo que solo Jesús puede remediar

El pueblo hebreo vivía ciclos continuos de pecado. Lo vivieron en su salida de Egipto hacia la tierra prometida. Lo vivieron con Josué y la época de los jueces. Y también en el período de los reyes. Dios les advirtió que una vida de pecado y alejados de Él traería consecuencias que resultaron en esclavitud y en el exilio a Babilonia. La época gloriosa de los milagros en el desierto, el liderazgo y los triunfos del rey David o la majestad de Salomón ya solo eran recuerdos del ayer.

Israel anhelaba la restauración de su gloria y sus mejores tiempos. Y el Señor respondió. Pero su restauración iba más allá de simplemente levantar murallas en su ciudad o nuevos territorios conquistados o el establecimiento de un reino. El problema de Israel siempre había sido el pecado y la idolatría. Y el Señor Todopoderoso decidió encargarse de esto una vez y para siempre. El Señor prometió restauración y la obra sería completada a través de una persona, Su Hijo, Jesús.

El Señor entonces envió a profetas como Isaías y Jeremías a anunciar la venida del Mesías, cuyo reinado y establecimiento traería la restauración del pueblo de Dios. Jeremías anunciaba que un nuevo rey descendiente de David gobernaría con justicia sobre aquellos que habían sido desterrados.

Isaías por su parte anuncia el nacimiento del Mesías, haciendo saber que cumplirá su promesa de ser Emanuel, “Dios con nosotros” (Isaías 7:14), anunciando que sería un príncipe de paz (Isaías 9:1-7) y también el establecimiento de Su Reino y restauración y avivamiento a aquellos que perdían la esperanza en medio de la esclavitud (Isaías 61). Y tal restauración solo vendría con un sacrificio perfecto, un Rey sin mancha ni pecado entregando Su vida y perfección por aquellos que serían parte de Su pueblo (Isaías 53).

Pasaron alrededor de 400 años entre las profecías y la llegada de Jesús. Y Jesús nació, predicó Su Evangelio, llevando Su amor a una cruz, donde murió y resucitó para dar al mundo esperanza. Pero Israel no le reconoció.

12712204375_0846b25dc7_zLos zelotes esperaban un Mesías revolucionario que restaurara a Israel conquistando a sus enemigos. Los fariseos esperaban a un Mesías que sostuviera la Ley a la perfección y Jesús lo hizo, sin embargo, Su evangelio iba a por aquellos que el fariseo consideraba perdidos y despreciables, por lo tanto, lo desecharon. Los esenios buscaban un Mesías que limpiara a Su pueblo de las impurezas de otras culturas, sin embargo, se desilusionaron cuando conocieron que el Evangelio de Jesús era también para los gentiles.

Israel anhelaba salvación, pero su mirada estaba puesta en este mundo. No pudieron ver que la promesa de Cristo era de impacto eterno, y su salvación vendría a llenar al mundo de una plenitud que ningún anhelo cumplido en esta tierra podría superar. No pudieron ver que el problema que debía ser conquistado y derrotado no era terreno sino espiritual: el poder del pecado tenía que ser anulado y solo Jesús podía cumplir tal misión.

¿Cuántas veces hemos escuchado historias de gente exitosa (fama, dinero, reconocimiento) pero que se siente vacía? ¿Cuántas veces nosotros mismos vemos como anhelo tras anhelo parecieran nunca encontrar respuesta real y plenitud?

Vamos detrás de ideales vanos, de modas ridículas y anhelos consumistas. En el fondo de nuestro corazón buscamos respuestas a vacíos existenciales, a una plenitud que pareciera satisfacerse detrás de lo que el mundo llama como valioso. Pero los que nos hemos encontrado con la cruz, sabemos que hay algo más, algo eterno, algo que solo Jesús puede dar.

Uno de mis escritores favoritos es C. S.  Lewis, conocido por su colección de novelas “Las Crónicas de Narnia”, se le atribuye la siguiente frase: “Si nos encontramos con un deseo que nada de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fuimos hechos para otro mundo”.

En este mundo podremos conquistar cada meta, anhelo y fin y seguir vacíos, incompletos, frustrados. Podemos ver hechos realidad nuestros sueños y alcanzar hasta los más grandes placeres y seguir deseando más.

Podríamos acabar con el hambre del mundo, salvar a la fauna marina, alfabetizar a cada persona en la Tierra y lograr la paz mundial, pero nuestro corazón aún sentiría que la plenitud no es real.

Y es que la respuesta no está en nosotros, ni en nada de lo que vemos. Este mundo busca siempre soluciones egocentristas sin reconocer que el principal problema del hombre y el mundo entero es el pecado y que la única respuesta concreta ante tal mal es la salvación de Jesús.

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Pues nosotros, por gracia, hemos recibido nosotros la buena noticia del Evangelio. Jesús cumple su promesa de restauración en todo aquel que por gracia puede abrir sus ojos a La Verdad y ve en Cristo Su salvación y plenitud. Todo anhelo terreno pierde valor y fuerza al compararlo con la eterna y perfecta gracia de Dios. C. S. Lewis lo explicaría de esta manera en su libro “El problema del dolor”: “Todo lo que eres, salvo el pecado; está destinado a alcanzar su completa satisfacción si dejas que se cumpla firme la voluntad de Dios.”

Demos gracias porque aún en nuestro error de perseguir satisfacer nuestro espíritu con los deseos de este mundo, nos encontramos con Jesús y en arrepentimiento podemos regresar a Él.

Demos gracias a Dios porque a través de Su Palabra descubrimos que la mayor de Sus promesas ya fue cumplida y nos fue entregada en Jesús mismo. Demos gracias porque Él anuló en nuestras vidas la carga y condena del pecado y hoy podemos vivir en libertad y fe. ¡Él vino al mundo a salvarnos, y Él también regresará y la restauración finalmente será completa y eterna!

 

“El Mesías anuncia que Él está aquí para sanar el daño que el pecado ha traído. El pecado ha hecho un gran daño, así que es necesario un gran trabajo de redención. Debido a que el pecado empobrece, Él va a predicar buenas nuevas a los abatidos. Debido a que el pecado rompe el corazón, Él va a vendar a los quebrantados de corazón. Debido a que el pecado los hace presos, Él va a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel. Debido a que el pecado oprime, Él va a proclamar el año de la buena voluntad del Señor.” – David Guzik (Comentario sobre Isaías 61).