¿De qué estamos hablando?

Caf – [ כ ]

De todas las prácticas devocionales que los cristianos debemos seguir, la que más atesoro en mi corazón es la lectura bíblica. Por esta razón decidí comenzar a escribir basado en la inspiración que me provoca el Salmo 119. La Biblia, una colección de libros que traspasó diferentes épocas, autores e historia y que su influencia aún permanece vívida en los corazones de aquellos que deciden seguidores del Camino, de Jesús, nuestro Señor.

Al mismo tiempo la antigüedad y traslado del mensaje de la Palabra de Dios a través de la historia ha tenido crisis y dificultades que ha tenido que superar, persecuciones, censura, ataques y menosprecio; la Palabra de Dios y el liderazgo de Dios dado a la Iglesia ha tenido que enfrentarse incluso al uso de la misma para intereses personales y egoístas, dejando de lado la Misión encomendada a los cristianos: Predicar en nombre de Jesús por todo el mundo el Mensaje que transforma nuestras vidas.

Ahora bien, muchas veces se nos ofrece la tentación de leer la Biblia enfocados en una sola perspectiva: las promesas. Lo que Dios ofrece a quienes obedecen Su Mensaje. Y es que es reconfortante saber que Dios promete Su amor a aquellos que lo buscan, que Dios provee segundas oportunidades a aquellos que quieran dejar todo por su causa. Es increíble saber que el Creador del Universo decide ser tu Proveedor, tu Salvador.

Hace un tiempo escuché que existen más de 3000 pasajes en la Biblia que hablan de Dios prometiendo algo a Su pueblo, a los que escuchaban Su mensaje. ¡Es fantástico! El problema que le veo, por experiencia propia, es que estamos tan enfocados en lo que se nos promete pero no en el camino que te permite estar en el lugar correcto de la bendición. Porque cuando te enfocas tanto en el premio, en la bendición, puedes llegar a estresarte, a enfadarte porque el tiempo de Dios es distinto a tu urgencia y eres tentado a creer que la Biblia no es fiable.

El evangelio que predicó Jesús sí está lleno de promesas para aquellos que deciden seguirle, pero va más allá de ello. Va en busca de un cambio de carácter, de una restauración de forma de vivir. Una que te permita disfrutar las bendiciones de Dios destinadas para sus hijos y también, vivir agradecido y amando a Dios aún si las promesas tardan en llegar o aún si no las ves en este lado de la eternidad como sucedió con muchos héroes que hoy admiramos, como esos hombres y mujeres que hablan en Hebreos 11.

No sé si alguien se ha tomado la tarea de contar cuántas veces aparece en la Biblia pasajes relacionados a la obediencia, a mejorar tu carácter, a madurar en la fe, pasajes e historias de personas que obedecieron a Dios sin importar qué, sin saber si había algún premio luego del esfuerzo. Quizás sean más de los que se habla de promesas, quizás sean menos, pero sin duda alguna están ahí, escritos para que con la misma intensidad y gozo que recibimos las promesas, puedan ser leídos, aplicados y atesorados para transformar nuestra vida.

Y es que solo pensar que mi Dios ha diseñado un plan para mí, ha dejado enseñanzas basadas en su inagotable amor, el solo saber que Dios desea que le obedezca debería cambiarme la vida, un día a la vez.

No escribo esto porque yo sea el hombre más paciente si de esperar en Dios se trata, algunas veces he fallado (más de las que puedo contar), algunas veces he decidido cancelar la espera e ir tras mi complacencia. He regresado herido pero el mismo amor del Padre está ahí para dirigirme una vez más e invitarme a obedecer. Aún si la espera es larga, aún si de este lado de la eternidad no llego a ver aquello que Dios promete.

No fuimos diseñados para conocer el mañana a la perfección y el cumplimiento de lo que fue diseñado para la vida. Pero sí fuimos diseñados para tener fe, que aunque no veamos a Dios, que aunque no conozcamos qué nos trae el mañana, Su Palabra siempre permanecerá y como el salmista, aún sin ver la pronta acción y respuesta de Dios en nuestras vidas, decidimos creer, en el bienestar, en la crisis. Creer.

“Estoy agotado de tanto esperar a que me rescates pero he puesto mi esperanza en tu palabra. Mis ojos se esfuerzan por ver cumplidas tus promesas, ¿cuándo me consolarás? Estoy arrugado como un odre ahumado, pero no me olvidé de obedecer tus decretos. ¿Hasta cuándo tendré que esperar? ¿Cuándo castigarás a los que me persiguen? Estos arrogantes que odian tus enseñanzas cavaron hoyos profundos para atraparme. Todos tus mandatos son confiables. Protégeme de aquellos que me persiguen sin causa. Casi acaban conmigo, pero me negué a abandonar tus mandamientos. En tu amor inagotable, perdona mi vida; entonces podré continuar obedeciendo tus leyes.” – Salmo 119:81-88