¿De qué estamos hablando?

Caminar por la calle como lo haría Jesús…

Algo que me encanta leer sobre la vida de Jesús descrita en los evangelios es la manera en que buscaba relacionarse con las personas y la relevancia que le daba a ello. Estoy seguro que compartió algún vino con gente importante, soldados o ricos del antiguo Israel. Seguro era un tipo sociable, interesante, de esos que hacen que los invitados se giren en torno a él en una fiesta. Jesús supongo si tenía la capacidad de contar parábolas, también la de contar anécdotas o chistes aún, en fin, tenía unas excelentes características en cuanto a relaciones interpersonales. Sin embargo Él escogió no darle mucha relevancia a estos encuentros.

Sin embargo, esto no me sorprende, porque los encuentros que la Biblia destaca en la vida de Jesús fueron con:  Pobres, marginados, leprosos, mujeres con reputaciones y enfermedades consideradas impuras; mendigos a causa de defectos físicos, hombres que dudaban y mujeres que no tenían un sentido por el cual vivir. Para su grupo cercano de compañeros y amigos escogió a pescadores, recaudadores de impuestos e incluso hombres que querían reformar a su país a través de la insurgencia… hombres comunes y corrientes de los cuales seguramente nunca hubieron formado parte del cuerpo sacerdotal de aquel entonces. No escribo esto para menospreciar a uno u otro sector, sino para pensar un poco en que si fui llamado a reflejar a Jesús en mis acciones, debería actuar de manera tal que tanto los reyes como los mendigos sean tratados a la manera de Jesús. Sin distinción. Con sinceridad, viendo más allá de sus limitaciones y dignificándolos con amor puro.

Esta noche mientras regresaba a casa pasé a llenar el tanque de gasolina de mi automóvil. Como la estación a la cual paso generalmente estaba llena, cambié mi ruta hacia la gasolinera más cercana. Quien me atendió fue un hombre ya entrado en años, como ver a mi abuelo. Justo en ese momento me puse a pensar en todo esto… en cómo sería el mundo si a aquellos que nos sirven, aquellos que no tienen un título, una reputación o una estabilidad económica similar o superior a la tuya (pensando materialmente) fuesen tratados con la dignidad, el respeto y el amor que se merecen. Al terminar de atenderme, le agradecí de la manera más sincera posible y me despedí con una sonrisa a la cual él respondió de la misma manera. La noche está bastante fría y seguramente al abuelo le tocará trabajar el resto de ella.

Al mundo le hace falta amor sincero. No quiero extenderme mucho en esto porque sería escribir con rodeos, pero he aquí la razón que me motivó a escribir esto: ¿Podrías hacer de una de tus metas de noviembre, el agradecer y tratar con el debido respeto a aquellos que generalmente no buscas honrar? Piensa un momento en cuantas personas te sirven en tu rutina: expendedores de gasolina, meseros, dependientes de tienda, etcétera. Piensa en cuantas personas de “baja condición social” ves a tu alrededor: mendigos, niños huérfanos o explotados en las calles, ancianos que tocan el vidrio de tu carro por una moneda mientras esperas el verde en el semáforo. Piensa un poco más y recuerda a aquellos que por ser diferentes decides ignorarlos, criticarlos e incluso condenarlos, aquellos que la religión cristiana te ha enseñado a llamarlos “pecadores, inmundos, impuros y demás terminología cristiana…”… piensa en aquellos que Jesús amaría con todo su corazón y que tú de alguna manera prefieres ignorar.

Jesús nos pidió tan solo que cumpliéramos dos mandamientos y el amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos es uno de ellos. ¿Por qué no llevar el dicho al hecho?

Hay veces que queremos marcar la diferencia de manera gigante e impresionar a medio mundo, cuando en realidad esta puede iniciarse en secreto, honrando a aquellos en los que nadie piensa, excepto Jesús. Ve y practícalo.