¿De qué estamos hablando?

¿Cómo esperás encontrarte con Él?

Una opinión muy personal, abierta a discusión…

Una de las características que resaltan al leer la Biblia y conocer los estilos de vida de los primeros cristianos era su estrecha relación con Dios, su fe y pasión por Jesús, su comunicación tan especial con el Espíritu Santo, Dios cumpliendo su promesa de acompañarnos por siempre.

Me encanta ver en las cartas de Pablo, las palabras y discursos hacia los primeros cristianos, esos consejos y hechos sobre la necesidad que debemos tener por Él, por conocerle, por hacerle parte de nuestra vida, pero sobretodo por escuchar Su Voz. Estoy seguro que el Espíritu Santo fue el provocador de grandes transformaciones y movimientos a lo largo de la historia y sí, es el iniciador de esas grandes pasiones que han marcado a distintas generaciones dentro de la Iglesia, despertares del que anhelo ser parte. El Espíritu Santo más allá de ser algo, es alguien que intercede por nosotros delante del Padre y nos provee de dones y esperanza para cumplir la misión de Dios en nuestra generación.

Es innegable ver la presencia de Dios de manera tan sobrenatural día a día en nuestra vida. Es difícil para el seguidor de Cristo vivir diariamente sin reconocer la presencia del Espíritu Santo actuando en lo cotidiano. La pregunta que me hago es, ¿Estoy siendo perceptivo en cuanto el Espíritu Santo, o más bien, estoy siendo receptivo acerca del mensaje y consejo del Santo Espíritu de Dios? ¿Bajo qué circunstancias espero encontrarme con Él.

Desde niño me congrego en una iglesia cristiana cuyas costumbres hasta cierto punto son bajo la premisa del orden en la congregación. Con el paso del tiempo he tenido la oportunidad de predicar y escuchar a diversos ministros y pastores de diversas denominaciones, algunas más eufóricas, otras no tanto. Y estoy seguro que en cada reunión, prédica o charla el Espíritu Santo estuvo presente. Sin embargo más joven, tenía mis dudas si yo alguna vez había tenido una experiencia con el Espíritu Santo. Durante muchos años había encasillado la manifestación de su presencia a hechos totalmente difíciles de explicar: hablar en lenguas e interpretación de las mismas, descansar en el Espíritu, dones de profecía, de interpretación, temblor del cuerpo, danza y júbilo inexplicable, cánticos nuevos que salían en el momento, etcétera. Pensaba que si no experimentaba algo relacionado a esto, pues simplemente no estaba conectado con Él.

Me preguntaba si estos hombres y mujeres que la Biblia menciona vivían todos los días hechos sobrenaturales como estos. Me preguntaba si estas manifestaciones eran reservadas para alguien con más “experiencia” en la vida cristiana. Me preguntaba si mi rutina no era lo suficientemente “cristiana” como para escuchar a Dios y evidenciar que en mí vivía el Espíritu Santo. Me preguntaba si quizás me hacía falta orar más o subir más los estándares de mis disciplinas y tradiciones evangélicas. No estoy en contra de estos hechos sobrenaturales, al contrario, si eres cristiano y has vivido esto, realmente entiendes que todas estas manifestaciones son un descanso y gozo inexplicable al vivirlo. Encuentras en estos momentos una paz, frescura, revitalización tan increíble que no hay palabras para definirlo, pero tu corazón sabe que Dios está presente y que esos momentos cambian todo y pueden provocar grandes inicios para el resto de tu vida.

Sin embargo, Dios me ha enseñado en Su Palabra que el Espíritu Santo disfruta presentarse en lo sobrenatural, pero con la misma intensidad disfruta estar presente en nuestro diario vivir. Dios se presenta en todas las manifestaciones del párrafo anterior y muchas más. Pero no podes limitar tu experiencia con el Espíritu Santo a solo estos momentos. ¿Qué sucede con el Espíritu Santo en medio de nuestras rutinas cotidianas? ¿Se queda descansando en nuestros templos?

Para serte sincero, donde más quiero encontrarme con Él es en el día a día de la vida. Y es ahí donde más deseo conocerlo y reconocer Su presencia. En esos momentos cruciales donde tengo que decidir si sigo mis deseos carnales u honro a Dios con mi vida. Deseo conocerlo en las rutinas más sencillas como ir al trabajo o en la oración matutina al despertarme. Deseo saber que está ahí cuando leo Su Palabra y veo como esas líneas se transforman en una voz aconsejándome y trazando el camino que debo seguir. Deseo conocerlo en esos momentos donde se presenta la oportunidad de mostrarle a otros que una relación con Dios es algo posible y real. Deseo vivir al lado del Espíritu Santo en mis lágrimas y lamentos cuando la prueba es fuerte y ya no se qué hacer. Deseo conocer al Espíritu Santo y ser consolado cuando fracaso. Deseo vivir una aventura al lado del Espíritu Santo cuando decido ser obediente y caminar en pos de los sueños que Dios puso en mí. Deseo conocer al Espíritu Santo cuando no le puedo encontrar otra razón a mis éxitos y buenos momentos más que a su infinita gracia rodeándome.

Es agradable y se disfruta tanto al Espíritu Santo en momentos indescriptibles, sobrenaturales; pero en mi opinión, tan personal y expuesta en estas líneas, estaría satisfecho si la voluntad del Espíritu Santo para con mi vida fuese que solo se diera a conocer en la rutina, en esos momentos diarios, tan humanos, tan carnales, pero tan necesarios de su presencia. Muchas veces anhelamos tanto lo sobrenatural que nos olvidamos que luego del domingo existen seis días en donde la presencia de Dios es tan o aún más necesaria que lo que puedes experimentar en tu congregación semanal.

Mi oración es que todo el pueblo de Dios, la Iglesia en sí, podamos encontrarnos con Dios tanto en lo sobrenatural como en lo cotidiano… más allá de desear esos “toques” sobrenaturales a nuestra vida… poder evidenciar su amor en cada uno de los pasos que damos. No desearlo como cuando te tomas un Red Bull y recibes energía instántanea… sino disfrutarlo cada día, conocerlo a cada instante, como esa taza de café que acompaña todas tus mañanas.

En la manera en que Él decida actuar en mi vida, de algo estoy seguro… Su amor no faltará y no seré el mismo en cada encuentro, sobrenatural o cotidiano con mi Consolador, con mi Consejero, con mi Proveedor de Esperanza, dones y sueños: el Espíritu Santo de Dios.