Contracorriente

Jesús en Juan 17 hace una oración al Padre antes de ser entregado a los romanos por Judas y posteriormente crucificado. Esta última oración tenía una encomienda especial: Que sus discípulos fueran protegidos por Dios para cumplir su misión en este mundo.

 Jesús en medio de la petición al Padre, dice lo siguiente: “Yo les he entregado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No te pido que los quites del mundo, sino que los protejas del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco lo soy yo. Santifícalos en la verdad; tu palabra es la verdad. Como tú me enviaste al mundo, yo los envío también al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad.

 Jesús dijo que no somos de este mundo, porque nuestra forma de vida, decisiones y acciones, nuestro sistema y cultura lo deben reflejar a Él y no a las ideas y conceptos que el diablo y el mundo en sí buscan establecer para dominar a la humanidad. Jesús sabiendo esto, en vez de pedir que nos quite de este mundo imperfecto pide a Dios que Su Palabra nos proteja. Porque más que vivir una vida de comodidad o deseos cumplidos, los seguidores de Jesús saben que su propósito de vida, involucra una misión: El establecimiento y anuncio del Reino de Dios en cada generación, en cada lengua, en cada nación.

 La forma de vivir de Jesús era opuesta a muchos sistemas y tradiciones de su época, aunque encontrase oposición, siempre permaneció fiel y obediente al mensaje divino. Jesús tenía un estilo de vida contracorriente.

 Jesús luego de su resurrección y hablar por última vez con sus discípulos asciende al cielo y les deja una misión: Ir y predicar el evangelio y establecer Su Reino a todo lugar. Los siguientes años y siglos para los seguidores de Jesús fueron años de pruebas, dificultades y persecución. El reconocer a Jesús como “El Señor” era una oposición total al imperio romano, reconocer a Jesús con un título que en esos años solo podía darse al César; opuestos al sistema de creencias y tradiciones pecaminosas que llenaban las culturas de los primeros siglos del mundo moderno, era una forma de vida incluso opuesta a la religiosidad imperante. Los tiempos fueron difíciles pero como menciona Hechos 4:29-31, los discípulos decidieron ser contracorriente.

 Con los siglos, la Iglesia comenzó a crecer e incluso tuvo épocas oscuras donde el egocentrismo y la sed de poder intentaron oscurecer y opacar al verdadero mensaje. Sin embargo, hombres y mujeres en distintas generaciones se aventuraron a oponerse a este estilo de vida y a los intereses contrarios al mensaje de Jesús. Fueron condenados y  perseguidos por sus propios “hermanos en la fe” a causa de haber puesto su enfoque de vida en Jesús. Los cristianos que preservaron el mensaje de Dios por siglos decidieron ser contracorriente.

 Siglo 21, es nuestro turno. La misión de Dios es la misma y con la misma urgencia necesita ser accionada. En medio de un mundo acomodado y en la búsqueda de la satisfacción de nuestros egos. En medio de una cultura que  acepta pecados que Dios condena como algo normal y que si alguno se opone a ellos, es visto como intolerante e incorrecto. En medio de un mundo confundido y corrupto, aún existen hijos de Dios llamados a predicar en voz y acción Su Palabra  y ver en nuestro legado como el mensaje del Reino de Dios se establece. Somos llamados a vivir un estilo de vida contracorriente.

 Jesús sabe que esto representa una batalla contra el sistema imperante de maldad, contra el mundo y necesita que sus hijos estén preparados para la batalla, pues no peleamos por algo pasajero sino por una esperanza eterna. Estamos en una batalla contra un sistema de vida, de cultura opuesto a Jesús (Efesios 6:12) pero que no es más fuerte que el amor del Padre para sus hijos y para este mundo. Aún las puertas del infierno no pueden prevalecer contra la Iglesia de Jesús (Mateo 16:18).

 Ser contracorriente es vivir en una revolución. Y la Revolución que Jesús nos invita a vivir no es una revolución rebelde, enfocada hacia la anarquía, más bien, es una revolución de transformación, de restauración, de estar insatisfecho con lo que nuestros ojos ven, una revolución con sed de establecer actos de justicia y paz en nuestra sociedad, una revolución hacia dejar de vivir una doble vida, una revolución que haga que nuestro carácter y convicción  sea más importante que nuestra reputación, una revolución que tenga siervos útiles para Su obra, para ayudar al desamparado, al olvidado.

Una revolución para que Jesús reine, aquí, ahora.

¿Cuál es tu decisión?