¿De qué estamos hablando?

Cuando creemos en Dios pero no en quién es Dios…

Uno de los ejercicios que me gusta realizar cuando expongo o predico sobre temas relacionados a la identidad, es revisar el santoral de la Iglesia Católica (http://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Santoral_cat%C3%B3lico) y buscar el día de nuestro cumpleaños en él. En los tiempos de mis abuelos una tradición común (al menos en Guatemala) era nombrar al recién nacido con “el nombre de su santo”. En mi caso, si se hubiese seguido la tradición en mi familia, en vez de Salva, ustedes me conocerían como Apolonio Marroquín.

Una de mis maestras del colegio decía que el nombre es una de las posesiones más importantes de toda persona y para mí, es importante pues es la etiqueta con la que mi legado será conocido. ¿Te has preguntado qué se les viene a la mente a tus amigos, conocidos, familia cuando mencionan tu nombre? ¿Confianza, alegría, motivación, inspiración, etcétera?

Nuestro nombre es parte no negociable de nuestra identidad. En los tiempos bíblicos, asignar un nombre era algo de suma importancia, pues se les daba a las personas en base al propósito que esperaban cumplieran en su paso por esta parte de la eternidad. La Biblia incluso menciona que Jesús sería llamado Emanuel (Dios con nosotros), pues ese era el objetivo de Su nacimiento. Lo mismo sucedía con batallas o días clave en la historia de Israel. Les daban identidad con un nombre para que no se olvidara lo que Dios había hecho en Su historia. Algo similar sucedía cuando se construía un altar en honor a Dios en algún pueblo o monte. Servía para identificar y no olvidar lo que Dios había hecho por Su pueblo.

Y así vemos a lo largo de la Biblia, que el pueblo de Israel resaltaba las características de Dios luego de batallas, milagros y hechos que confirmaban quién era Él, nombrándole de alguna manera en especial: Jehová El Shaddai (El Señor Todopoderoso), Jehová Jireh (El Señor es mi proveedor), Jehová Nissi (El Señor pelea por mí), Jehová Rafá (El Señor mi sanador), Jehová Shalom (El Señor es paz).

Esta costumbre ya no es realizada en nuestros tiempos, pero la importancia de saber cómo conocemos a Dios siempre prevalece.

No existe otro lugar como la Biblia que nos instruya acerca de las características del amor y poder de Dios. Por medio de ella yo he conocido del asombroso amor que tiene por mí, he conocido de Sus planes, de sus propósitos y de cómo actuar en mi entorno, en este tiempo. A través de Su Palabra he conocido sobre Él.

Ahora hay una diferencia entre saber quien es Dios y conocer a Dios. Y la diferencia radica en la calidad de relación que tenemos con Él.

Sabemos que la Biblia nos habla que Él es nuestro Padre eterno, que es el Señor de señores, que es el Rey de Reyes, que es amigo fiel, sanador y proveedor; pero suele pasar que a veces no crees que estas características y atributos sean del Dios al quien sigues.

Dudas, temores, pecados y cargas del pasado muchas veces nos alejan de Dios y nos hacen ignorar Su poder y amor. Algunas veces los antecedentes de nuestra vida (familiares, relacionales, etcétera) nos tentarán a no ver a Dios como padre o como amigo pues los padres o amigos que tenemos quizás son ausentes, no cumplen su papel o han marcado de manera negativa nuestra vida.

¿Qué hacer cuando no tenemos la fe suficiente en una característica de Dios?

En las ocasiones donde he tenido que pelear contra mi falta de fe, he aprendido que lo siguiente:

  • Dios me seguirá amando a pesar de mi falta de fe.  Su amor es así de perfecto e ilógico.
  • Cuando tengo dudas, la mejor fuente que puedo consultar es la Biblia. Creo que Su Palabra es eficaz para conocer lo que hace por aquellos a quienes ama y llama hijos.
  • Siempre podré encontrar actuando en las historias de otros el amor y cada una de las características de Dios. Que en algún momento de mi vida no sienta o identifique a Dios actuar en mí, no quiere decir que no lo haga. Esto quizás es difícil, pero si confío en Él, se convierte en esperanza.
  • No debo descuidar mi relación con Él. Quizás algunas personas identificamos a Dios inmediatamente como Padre pero a otros le costará. Lo mismo pasa cuando hablamos de que Dios es fiel, proveedor, Señor de nuestras vidas. Ve más allá de las etiquetas e identifica los atributos que ahora crees de Dios. Verás que en cada caso, encontrarás amor, fidelidad, pasión por ti, provisión, etcétera.

Quiero que mi vida sea definida por mi relación con Dios. Ser su hijo es una aventura y requerirá, como en toda relación: tiempo, confianza y amor. Dios sabe que dentro de nuestro corazón hay batallas y antecedentes que el diablo y la cultura del mundo intentarán usar para confundirnos y dudar de la magnificencia y pasión de Dios en nuestras historias. Tener dudas es algo natural en nosotros y si creemos en Dios y en Su amor, podemos entregárselas.

Dejemos que Él nos guíe en el proceso de poder conocerlo de manera personal en íntima y decir como Job luego del tiempo en que fue probado: “Hasta ahora solo había oído de ti, pero ahora te he visto con mis propios ojos”.