¿De qué estamos hablando?

Dios nos ama, nada importa más.

Una de las características de la niñez que vamos desgastando conforme vamos creciendo es nuestra capacidad de asombro por aquellas cosas que están en nuestro cada día y que son vitales pero que ya damos por hecho que las tenemos, que las conocemos, que sabemos que están ahí.

SONY DSCEl escritor Walt Streightiff escribió una vez que “no hay siete maravillas del mundo en los ojos de un niño. Para ellos, existen siete millones”, y con mucha razón. Un niño tiene la facilidad de apreciar la naturaleza como muchos de nosotros olvidamos hacerlo. De celebrar los triunfos por muy ridículos que sean, los niños saben compartir sus alegrías y no les apena tener o no tener lo que hoy en día podría causarte ansiedad o stress. Un niño puede descansar en el amor de sus padres y protectores. Un niño puede asombrarse de esas cosas sencillas que muchas veces los adultos damos por hecho.

Revisemos nuestra vida cristiana, el patrón a veces tiende a repetirse. Sin importar el momento en que decidiste decirle a Jesús que fuera el Señor de tu vida, habrán momentos en que nuestro corazón será tentado a ver aspectos de nuestra vida como rutinarios. Y cuando eso sucede, corremos peligro de ver nuestro tiempo con Dios como un punto de agenda y no como un encuentro íntimo con aquel que nos da una vida plena.

Y la vida devocional, entonces, puede menguar, perdiendo nuestra capacidad de asombrarnos acerca de las características de Dios y lo que hace por nosotros, al dar por hecho que nos serán proveídas, al dar por hecho que sabemos quien es Dios y asumir que sabemos que Jesús nos ama.

Quizás uno de los versículos más conocidos es Juan 3:16. En mi caso, lo aprendí casi desde el primer día en que mi familia comenzó a asistir a una congregación cristiana, allá por junio de 1996. Mi pregunta es, ¿Cuánto tiempo hemos reflexionado en el peso de tal afirmación? ¿Cuán importante es para mí (nosotros) saber que Dios nos ama?

»Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él. – Juan 3:16-17 NTV

Saber que Dios nos ama, debería ser la afirmación que más esperanza debería traer a todo nuestro ser, nuestro entorno, nuestro presente, nuestros sueños y nuestro futuro.

En este mundo podremos pasar dificultades, tribulaciones, tentaciones, fallas, errores, pasado que nos aqueja y presente sin rumbo, pérdidas, dolor y depresión, pero podemos estar seguros de algo, nuestro Dios nos ama y si estamos convencidos de ello, nada importa más. Porque a partir de nuestra fe en Su amor, por muy gris que sea el pasaje que estemos atravesando, saldremos adelante apoyados en Su gracia y fuerza.

En este mundo vamos a encontrar alegrías plenas, vamos a tener éxitos de los cuales sacar buenas historias y contarles a nuestros nietos. Vamos a enamorarnos, formar familias, realizar emprendimientos, brillar en nuestras carreras, pero más allá de todo logro, no podremos comparar ninguna meta personal o ningún amor humano con conocer y experimentar el amor de Dios. Si algo en nuestra vida, supera tal hecho, es tiempo de revisar nuestra lista de prioridades y ver si realmente Jesús está al centro.

Si pierdo la capacidad de asombrarme ante el amor de Dios, entonces pierdo el valor de mi relación con Él. Él amor de Dios supera lo que Él pueda darme en la eternidad, el amor de Dios supera mis intereses, mis sueños, mis propósitos, mis placeres, mi mundanalidad.

No llegaré a conocer la extensión del amor de Dios por mí, pero simplemente no puedo (ni debería) ignorarlo, porque ha transformado mi vida, mis sueños y mis batallas. Aún a pesar de mis fallas Su amor no se acaba y me da los motivos suficientes para levantarme y no descansar en mi encuentro con Él.

Dios nos ama y lo demuestra en lo ordinario y extraordinario de nuestra vida. Dios nos ama tanto que nos salvó de una vida dedicada a nosotros y de caminos erróneos, y nos dio plenitud para adorarle, para bendecir a otros, para encontrar la razón por la cual vivir.

El amor de Dios por nosotros no conoce de límite de oportunidades y cuán agradecidos deberíamos estar por ello. El amor de Dios no pone más condición que amarle a Él incondicionalmente, entregando nuestros planes a cambio de su perfecta voluntad. El amor de Dios transforma todo en mí para darle gloria a Él.

Hoy quiero recordar que Dios nos ama, tanto los domingos por la mañana cuando extiendo mis manos al cielo y oro en mi congregación, como el lunes por la mañana cuando estoy atrapado en el embotellamiento matutino o como esos días y noches donde quisiéramos ser niños nuevamente e ir a refugiarnos a los brazos de papá y mamá y esperar a que todo vuelva a su curso (Aunque de hecho, Él espera que actuemos así…).

Hoy quiero recordar que Dios nos ama y aún si no proveyera más que su amor, aún si no viera ningún milagro o hecho espectacular en mi vida, Su amor sería suficiente; porque a través de Él yo aprendo que esta vida no se trata de mí y mis voluntades sino de Él y Su gracia en nosotros.

Quiero amar a Dios porque Él me amó primero.  Y quiero que Su lugar en mi vida sea más grande que mis deseos, mis sueños, mis placeres y luchas. Quiero cada vez que piense en Su amor, asombrarme, celebrar este hecho que nunca terminaremos de definir, celebrarlo, actuar en honra a ello, poder sentir seguridad, libertad y paz, porque el Creador del Universo decidió que nos encontráramos en esta historia, cambiar mi vida y darme un propósito a mi existencia.

Dios me ama. ¿Qué otra razón necesitamos para vivir la vida que debemos vivir?

Foto tomada del portafolio Flickr de Rob Ellis, usada bajo licencia Creative Commons.

Postdata:

Si existiese una canción para describir este post, sin duda alguna es “How He Loves” de John Mark Mcmillan, en español quizás más conocida por la interpretación de Christine D’Clario.

Acá la historia y el por qué de tan buena canción:

Versión Original:

Versión en español por Christine D’Clario