¿De qué estamos hablando?

Emanuel

Simplemente saber que estás aquí, hace mejor mi vida… ¡Oh Emanuel!

¿Alguna vez te has preguntado el significado de tu nombre? ¿Alguna vez te has preguntado la razón por la cual tus papás decidieron llamarte así?  ¿Has pensado alguna vez en lo que piensan los que te conocen cuando tu nombre es mencionado? ¿Cómo te recordarán cuando ya no estés en este mundo al mencionarte?

Es curioso como la vida le da el significado a esa o esas palabras que al unirlas hacen tu nombre, tu identidad, tu carta de presentación… el “sonido más dulce” diría una de mis maestras de secundaria. Exceptuando aquellos casos en donde un apodo o seudónimo es tu marca principal, el nombre que llevas realmente es una valiosa posesión que debes cuidar. Llevo el nombre de mi papá y el de mi abuelo paterno y sí, mi nombre principal (Salvador) tiene un sinfín de variaciones en Guatemala y en toda Hispanoamérica.

No estoy seguro sobre si voy a llamar a mi hijo como yo para que continúe el legado en una cuarta generación pero de alguna manera, la manera en que te nombran es tan importante como lo que para los otros representa. Con esto no quiero decir que la percepción de los demás sobre tu vida sea lo principal, pero es nuestra responsabilidad saber qué valor aportamos en la vida de otros.

Es preciso recordar que todos tenemos venimos a cumplir un propósito, a dejar un legado, a escribir una historia… legado que todos recordarán con tan solo escuchar tu nombre.

Pienso en la importancia del nombre porque veo una y otra vez en la Biblia, el valor que le daban a esto. Si revisas en la mayoría de libros que la conforman, puedes darte cuenta que muchos de las personas mencionadas a lo largo de ella, fueron llamadas por un nombre en específico que acompañaba una misión, un propósito, una situación en especial. El nombre en esas épocas reflejaba el carácter de la persona, las características de la misma y generalmente le daban un reconocimiento especial a su vida y sus hechos.

La Biblia menciona por ejemplo a Abram, mejor conocido como Abraham, quien pasó a llamarse así a causa del propósito que Dios depositó en él. Jacob pasó a llamarse Israel debido a la misión que Dios puso sobre su vida. Incluso vemos casos como los de Jabes en donde estaba condenado a vivir una vida sin éxito a causa de su nombre y rogó a Dios por un cambio y esto sucedió. El valor que le daban a sus nombres muchas veces determinaba el resto de su vida. Y el nacimiento de Jesús no fue la excepción.

La llegada de Jesús era el cumplimiento de una promesa dada muchos años atrás, el pueblo israelita esperaba la llegada del Mesías para encontrar la libertad tan ansiada y de hecho, la profecía hablaba de uno de los nombres que debía dársele a aquel que llegaría a reinar: Emanuel. Mateo 1:20-25 captura ese momento en donde el ángel le habla a José:

“…Pero cuando él estaba considerando hacerlo, se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María por esposa, porque ella ha concebido por obra del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» 22 Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: 23 «La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamarán Emanuel» (que significa «Dios con nosotros»). 24 Cuando José se despertó, hizo lo que el ángel del Señor le había mandado y recibió a María por esposa. 25 Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que dio a luz un hijo, a quien le puso por nombre Jesús.” (NVI)

La llegada del Hijo de Dios venía a cumplir un propósito más grande que cualquier plan pensado por la humanidad. Debería ser llamado Jesús (porque debería rescatar a la humanidad de sus pecados y reconciliarlos con Dios), pero también la promesa de que nuestro Dios estaría con nosotros SIEMPRE. ¡Oh Emanuel! En su nombre, en la manera en que era llamado, estaba su propósito.

El hijo de Dios cumplió su llamado. Nos ha rescatado. Su nombre evocaba esperanza y liberación. Y aún lo hace. Su vida lo reflejaba, sus hechos lo anunciaban. Sus palabras lo confirmaban. Era Jesús, era Emanuel. Solo mencionar su nombre, me trae esperanza, renueva mi fe, me da fortaleza y saca la soledad de mi ser. ¡Oh Emanuel!

Más que de nuestros nombres y significados, escribí esto porque quiero recordar siempre el peso, el valor, la importancia que Dios le dio al enviar a Su Hijo a este mundo. Resumido en dos palabras: Jesús, Emanuel. ¡Cuánto hay detrás de Su Nombre!

Cada vez que menciones a Jesús, recuerda que Él nos rescató de las vidas que merecíamos y que al mismo tiempo está cumpliendo la promesa de que siempre estaremos a su lado. Porque cuando recuerdes que el Hijo de Dios fue llamado Emanuel, puedes ver cuánto amor está en esta promesa: Dios con nosotros.

Dios con nosotros, en los problemas y tentaciones, en las risas y alegrías. Dios con nosotros, en las lágrimas y tristezas, en los éxitos y fracasos. Dios con nosotros, en el Norte y en el Sur. En el trabajo y en casa. Dios con nosotros, sirviendo al prójimo, cumpliendo Su misión. Dios con nosotros, mientras estamos solos, mientras hacemos Iglesia. Dios con nosotros en el abrazo y el perdón. Dios con nosotros al volver a casa. Dios con nosotros en el arrepentimiento. Dios con nosotros en nuestros más locos sueños. Dios con nosotros ayer. Dios con nosotros ahora. Dios con nosotros siempre. ¿Qué otro motivo le da esperanza a mi vida sino saber que justo aquí, mientras estas líneas llegan a su punto final, Dios está conmigo, con nosotros?

¡Oh Emanuel!