¿De qué estamos hablando?

Esto es fe…

Mateo 8:5-13 cuenta la historia del encuentro entre un centurión del ejército romano y Jesús. ¿Qué vio Jesús en él? ¿Qué vio él en Jesús?

Parece raro, que un centurión romano (uno de los niveles más altos del ejército romano dentro de un pueblo conquistado), con el status de ser un hombre aguerrido, valiente y perteneciente a un pueblo dominador como lo era Roma, se volviera dependiente de la voluntad de un judío, de uno de los pueblos más pobres de la región de Israel, el cuál era conocido por el ejército romano como alguien provocador de los fariseos que día a día iba rompiendo los esquemas religiosos de la época, anunciando la llegada de su reino…

Para el pueblo judío lo más seguro era que este capitán romano fuera considerado indigno de recibir un milagro, una bendición de Dios. La historia demuestra que muchos extranjeros o “gentiles” eran relegados por los fariseos de participar y celebrar las bendiciones de Dios para Israel.  Para el ejército romano, lo más seguro era que a Jesús no se le consideraba como un rey, ni como un personaje importante, no venía de ninguna familia importante, ni tenía dinero, ni tenía influencia política.

Sin embargo ninguna de estas cosas le importó al personaje en cuestión. Sabiendo que tenía autoridad para mandar a traer a Jesús a su casa, él salió a su encuentro; no le importó no pertenecer al pueblo judío, no le importó que su pueblo pudiese considerar este encuentro como un acto de sumisión. Únicamente le interesaba poder escuchar a Jesús y aceptar su voluntad. Sin necesidad de un historial adecuado para recibir a Jesús, creyó en su amor, en su poder, en sus planes. Su vida cambió desde ese momento, desde que reconoció en su corazón quien era el Jesús del que tanto se hablaba.

Y Jesús pudo ver en él, la fe que mueve montañas; esa fe que mueve status sociales, condiciones, circunstancias, imposibles. Jesús encontró a una persona humillada ante su presencia, que confiaba en su perfecta voluntad, que confiaba que con una sola palabra que saliera de su boca, las cosas cambiarían; y así fue.

Y Jesús espera de nosotros esa misma fe. Porque Jesús demostró  al morir en la cruz por cada uno de nosotros demostró que más allá de tus fallas, de tus errores, de tu pasado o incluso de tu condición social; busca que podás entregar tu corazón para que él pueda vivir en él. El busca más allá de todo que podás darle el lugar que merece. Y Dios actuará de manera sobrenatural y te dará la confianza para que podás tener la fe necesaria para cumplir tus sueños, tus anhelos o los milagros que esperás.

No pongamos trabas a nuestra fe en Jesús… Tener fe no es sentarse a esperar a que los milagros ocurran. Tener fe es caminar hacia tu sueño y tu meta sin detenerte, provocando los milagros, haciendo que lo posible ocurra confiando en que Dios se encargará de los imposibles… no importando si se trata de caminar por desiertos, abrir mares o derribar montañas… Dios hará si decides avanzar. Siempre.

Tener fe es salir de la comodidad de lo que somos para poder dejar que Dios sea todo  en nosotros. Tener fe es creer que con una sola palabra de Dios en nuestra vida las cosas cambiarán. Te invito (y me invito) a que podamos salir al encuentro con Dios, aún si el mundo nos tachara de indignos. Los grandes hombres que la Biblia no fueron perfectos pero encontraron ese momento donde pudieron acudir a Dios y su vida no fue igual… mi vida también. No soy perfecto y seguramente no lo seré nunca, pero he aprendido a que mi vida se mueve a mejores lugares, a que mis sueños se vuelven realidades cuando acudo a mi Padre, cuando salgo a su encuentro, cuando dejo todo lo que soy y fui para ser lo que Dios espera de mi.

Todo cambia cuando tengo fe en aquel que mi vida ha salvado. Cuando tengo fe en Jesús.

Mateo 8:8: “-Señor, no merezco que entres bajo mi techo. Pero basta con que digas una sola palabra, y mi siervo será sano…”

2a Crónicas 16:9: “Nuestro Dios vigila todo el mundo, y siempre está dispuesto a ayudar a quienes le obedecen y confían en él”.