Hemos estado ahí… y Dios también.

He estado ahí. Y ustedes también.

En esos momentos, donde la duda y el temor de no saber qué será del mañana. Donde tus fuerzas y tus talentos parecen que serán inútiles frente a los retos que la vida te coloca. Donde la tristeza aflora más que la alegría, donde lo negativo pareciera ser la regla general en tus circunstancias. Donde los planes que se venían trabajando ya no funcionan y lo fortuito pareciera liderar lo que soñaste. Y sí, esos sueños, anhelos parecieran ser una broma de mal gusto del destino, pues a medida que avanzas por los días de vida, los ves más lejanos.

He estado ahí. Y ustedes también.

En medio de las tormentas de la vida, del dolor y la enfermedad. Donde no quieres llorar, pero el corazón ya se expresó, aún sin tu consentimiento. Donde el consejo y la mano extendida para brindarte ayuda a veces es escasa, a veces intrascendente. En medio de la desilusión y los fracasos, batallas perdidas y derrotas producto de tus propios errores y de los errores de otros, aunque jamás lo acepten. En esos momentos donde estás dando el último adiós a veces a quienes amas, a veces a tus motivaciones, a veces a partes de tu propia vida.

He estado ahí. Y ustedes también.

En esos momentos donde una oración parece no ser suficiente. Donde las peticiones pareciera que son palabras lanzadas al viento. Donde escuchar la frase”Dios sabe lo que hace” es más un cliché de tortura que de esperanza. Donde el esfuerzo invertido se parece más a tiempo perdido y pensar que lo mejor está por venir, suena tan irreal.

He estado ahí. Y ustedes también. Ahí, preguntándome qué hacer.

Apreciando el silencio. Cuando el consejo es más bien ruido, cuando tu propia mente y corazón pareciera no conectarse para decidir. Cuando el enfoque parece haberse perdido. Cuando estamos a una decisión de dar marcha atrás o seguir adelante.

Hemos estado ahí. Y Dios también.

Él, batallando contra el mundo espiritual y material, contra nuestra desesperada humanidad, contra nuestras tentaciones de rendición, batallando porque en medio de todo el ruido que una prueba puede provocar, podamos encontrar ese momento preciso, donde un susurro de su voz diciendo con tanto amorRecuérdame puede cambiar todo.

Y ahí, donde nos hemos encontrado muchas veces. Dios se hace presente. Esperando que Sus palabras nos lleven a recordar la gloria de Su Poder. Porque si estamos vivos es porque hay una misión que tiene que ser cumplida. Porque nuestra historia puede ser como un libro abierto para otros donde conocerán a un Dios que acompaña fracasos y tristezas para llevarte a una victoria permanente asegurada en una eternidad de la cual aún no conocemos todo su esplendor.

Ahí, encontraremos a ese Dios que a pesar de nuestras fallas, pecados y errores, permanece fiel, porque nos ama, porque Él no puede negar su perfección, su identidad. Ahí encontraremos a ese Dios guerrero y proveedor que en las tormentas de la vida nos recuerda que a veces son necesarias porque desarrollan ese carácter tan de Su Reino, tan de nuestro salvador Jesús y como dijese Grace Hopper, “Un barco se encuentra seguro en su amarra del puerto. Pero no ha sido construido para eso, sino para hacerse a la mar” y llamándonos a todo hombre y mujer, herederos de Su Reino, a ser valientes, a liderar a nuestras generaciones, porque Su poder se exhibe en nuestra debilidad, porque las lágrimas presentes regarán las promesas del futuro, porque Su perspectiva de las circunstancias de la vida es perfecta y nos asegura un mañana mejor porque Él es el dueño de nuestro pasado, presente, futuro.

Ahí estará Dios. recordándonos pruebas pasadas, no para lastimarnos sino para asegurarnos que si ha sido fiel antes, no hay excusa para pensar que lo dejará de ser ahora. Porque Su poder permanece para siempre. Nombra la prueba, la situación, la dificultad, la duda y  encontrarás a hombres y mujeres que vencieron, porque  Dios estuvo a su lado. Y Dios quiere recordarnos que la misma bendición, nos fue dada hoy.

Nada nos podrá separar de Su perfecto amor. Será nuestra decisión permanecer en Él. Y si elegimos Su regazo, Su paz, Su liderazgo, la vida no será lo que esperamos, será mejor. Será la vida que Su gracia otorgará. Y ahí,  definitivamente, lo mejor estará por venir.

“Yo exclamo: «¡Mi esplendor ha desaparecido! ¡Se perdió todo lo que yo esperaba del Señor!». Recordar mi sufrimiento y no tener hogar es tan amargo que no encuentro palabras. Siempre tengo presente este terrible tiempo mientras me lamento por mi pérdida. No obstante, aún me atrevo a tener esperanza cuando recuerdo lo siguiente: ¡el fiel amor del Señor nunca se acaba! Sus misericordias jamás terminan. Grande es su fidelidad; sus misericordias son nuevas cada mañana. Me digo: «El Señor es mi herencia, por lo tanto, ¡esperaré en él!». El Señor es bueno con los que dependen de él, con aquellos que lo buscan. Por eso es bueno esperar en silencio la salvación que proviene del Señor.” – Lamentaciones 3:18-26 NTV

Fotografía del portafolio Flickr de Dennis Kussener, usada bajo licencia Creative Commons.