¿De qué estamos hablando?

Jet – [ ח ]

No causa sorpresa saber que el mundo en el que vivimos es un mundo corrupto, lastimado, enfermo. Un mundo alejado de su diseño original, cada vez más lleno de luz y color pero a la vez tan vacío y carente de sentido. Vivimos en un mundo donde la cultura de las sociedades líderes están inmersas en egoísmo y superficialidad, un mundo donde la comodidad y el bienestar personal se considera de mayor valor que cualquier búsqueda de la equidad en las condiciones de vida de las sociedades con menos oportunidades de desarrollo.

Vivimos en un mundo al que se le ha enseñado que la vida tiene muchos caminos, siendo el que profeso, para ellos, uno más de todas las filosofías antiguas. Sí, vivimos en un mundo lastimado, un mundo donde las malas noticias quieren dejar de ser llamadas así y considerarse normales. Un mundo que necesita ser rescatado, de hecho ya lo fue, pero necesita que se le recuerde que aún hay esperanza.

Regreso el tiempo y dos milenios atrás, Dios hecho hombre, Jesús, anunciaba las noticias de la oportunidad de establecer el Reino de Dios, un reino fuera de este mundo y que iba más allá de un imperio; un reino eterno que se fundaba en las decisiones de seguir y aceptar la salvación de Dios, un reino que para poder formar parte debías morir, a ti mismo, a tu egoísmo y seguir los sueños de Dios.

Dos mil años después, la Iglesia aún conserva la misión de Dios para cumplirla, sin embargo, ¿qué tan importante es para nosotros? Más a fondo, cuando el mundo te conoce, ¿puede conocer a Dios a través de ti? ¿Puede ver en tus valores, actitudes, decisiones e influencia que existe un camino distinto a lo que el sistema actual de vida ofrece? ¿Puede ver en ti la esperanza y salvación de la que habló Jesús? ¿Puede saber a través de tu forma de vivir que una relación con Dios es algo real y posible?

La Iglesia, nosotros, tenemos una encomienda real muy importante, encomienda que necesita estar fundada más que en el reconocimiento o en una estrategia de divulgación, necesita, desespera por ser fundada en donde se registra su comienzo y sus bases: La Palabra de Dios. El salmista (o salmistas) del Salmo 119, nos describe una actitud enfocada en el cambio de dirección a cambio de ser transformado para seguir a Dios, y si lees con detenimiento, se nota una necesidad por obedecer, por caminar en sentido contrario a lo que este mundo ofrece, por dirigirse en alma, mente y corazón, hacia el plan, el diseño, el propósito que Dios en un principio estableció: estar con Él y ser de Él siempre. Ir en dirección contraria a la obediencia a Dios, no era una opción. Y tampoco lo es ahora.

“¡Señor, eres mío! ¡Prometo obedecer tus palabras! Deseo tus bendiciones con todo el corazón; ten misericordia, como lo prometiste. Consideré el rumbo de mi vida y decidí volver a tus leyes. Me apresuraré sin demora a obedecer tus mandatos. Gente malvada trata de arrastrarme al pecado, pero estoy firmemente anclado a tus enseñanzas. Me levanto a medianoche para agradecerte por tus justas ordenanzas. Soy amigo de todo el que te teme, de todo el que obedece tus mandamientos. Oh Señor, tu amor inagotable llena la tierra; enséñame tus decretos.” – Salmo 119:57-64

Este mundo necesita de Dios, ese Dios que nosotros conocemos, al que llamamos Padre y Salvador. Quizás no tengamos todas las respuestas que este mundo necesita pero tenemos la esperanza provista de conocer Su Palabra, quizás nosotros mismos estamos llenos de dudas, temores y crisis; sin embargo en Dios y su Voz encontramos el refugio necesario para descansar y avanzar a anunciar que Dios no se ha rendido con este mundo, nosotros somos la prueba y por tanto, aún hay esperanza que compartir.