¿De qué estamos hablando?

Kaká, Tebow, Lin y… yo.

Si Dios te diera a escoger entre cumplir tu propósito en la vida o tener influencia y fama ¿Qué escogerías?

Creo que cada ser humano que nace tiene dos deseos en su corazón que busca satisfacer: Descubrir su propósito (descubrirlo, trabajarlo, vivirlo) y ser alguien conocido. Del primero creo que no hay mayor discusión pero del segundo quizás algunos que leen estas líneas no están tan de acuerdo pero ¡aceptémoslo!, dentro de nosotros siempre existe esa “cosquillita” de que nuestra vida destaque. Lo ves en los esfuerzos de muchos por seguir un arte y prepararse para ello, lo ves en las fotos de perfil en tus redes sociales, en donde el 99.999% nunca saldrá mal. Lo ves en aquellos que sueñan que su sueño (¿pleonasmo?) los llevará lejos, a vivir al lado de tanto personaje destacado que brilla sobre muchos más (así me enseñó la televisión y el internet). Lo ves en los niños (y en muchos adultos también) que quieren ser Messi, Bono o la próxima Madre Teresa.

¿Y los cristianos? No hay diferencia. Todos tenemos un propósito que acompaña al mandato de la misión de Dios, de poder mostrar al mundo que una relación con Dios es algo real y posible. El problema es que muchos están esperando (y yo también estuve esperando quizás algún tiempo) a que su vida cambie de la noche a la mañana para iniciar “la conquista del mundo para Cristo” (esa frase me llevaría a escribir otro post pero no viene al caso). A veces creo que cuando de llevar nuestros sueños a Dios los pensamos más en función de nuestro beneficio, más que la razón central de dar adoración a Dios. No es difícil saber que en el corazón de muchos está el poder hablar de Dios no de persona en persona sino de estadio en estadio, no de destacar en tu arte aún si solo tu madre te conoce sino convocar multitudes para que coreen junto a ti que Dios es Señor. Realmente yo no miro problema al creer que Dios te puede llevar a “las grandes ligas”, el problema que sí observo es cuando tu deseo de la fama y el destacar superan al propósito nato que Dios confió a tu vida.

Cristianos famosos hay un montón, predicadores, cantantes, artistas, actores de cine y últimamente deportistas que están dejando huella con su talento y también por su fe en Jesús: Kaká y Falcao en el fútbol, Tim Tebow en la NFL y Jeremy Lin en la NBA por mencionar algunos “hermanos en la fe”. Quizás no tengamos en este momento la influencia y el poder mediático que ellos tienen en este momento, pero al igual que ellos tenemos un propósito que debemos cumplir ya sea que seamos conocidos hasta en la China o que para el mundo pasemos desapaercibidos.

El gran problema que le veo a la tentación de “ser famosos para Jesús” no es en sí el orgullo sino que si observas un poco, quizás nunca llegue ese momento de fama, influencia o poder mediático que tanto esperas. Es más, nos enfocamos tanto en los momentos de gloria que olvidamos que las personas que ahora admiramos (algunos extremistas dirían que idolatramos), tuvieron todo un proceso para llegar a donde están. Requirió fe en Dios por supuesto, pero agregando a ello cada pequeño y gran esfuerzo para que sus talentos destacaran más que el promedio, para que se interesaran en ellos y para que en el momento que Dios decidió conectar cada punto, se llegara al lugar donde todos sueñan con estar.

He conocido a personas con grandes historias y con un esfuerzo increíble en hacer a Dios famoso a través de su propósito. La mayoría anónimos pero con un impacto tremendo en muchas vidas. Del mismo modo, he conocido a grandes soñadores que guardan sus ideales cual perlas preciosas mientras esperan su “momento”. Algunos siguen esperando, otros ya no están.

¿Acaso Dios hace diferencia entre los héroes anónimos y las luminarias que todos conocemos?

Una de las enseñanzas que acompañan al Sermón del Monte que Jesús relató en Mateo 5, es sobre ser “sal y luz”. Ambos ejemplos nos hablan de propósito y de influencia. Ambos son llamados de Dios para no vivir una vida vacía, sino de cumplir una misión, Su Misión. La única diferencia entre estos ejemplos es la vistosidad de cada uno de ellos. En el caso de la sal es un producto común y corriente que pasa desapercibido pero siempre será necesario. Es casi imposible diferenciar a un grano de sal de otro. En el caso del ejemplo de la luz, rápidamente piensas en destacar, ser conocido, visto, en liderar, etcétera. Ambos son ejemplos que nos llevan a pensar en que nacimos para ser una diferencia. El problema es que muchas veces caemos en el error de querer ser más “la luz de la colina” que la “sal de la mesa”.

A todo esto… ¿Qué le importará más a Dios? Creo que a Dios le importa que vivas tu vida, que cumplas con el propósito por el que naciste independientemente si será conocido o no. A Dios le importa que puedas adorarle ya sea en el silencio de la vida anónima o en medio de la plataforma o el escenario. A Dios le importa que seas real, que tu propósito sea vivido sin pensar en la recompensa o en el impacto que puede o no generar.

Creo que a Dios le interesa que disfrutes tu vida. Si tu vida va a llegar a ser conocida, ¡enhorabuena! Si no, espero que estés viviendo eso por lo cual crees que debes vivir y que puedas descansar en que cada día Dios sonríe por ver que tú estás haciendo lo que debes hacer. Al final nada importa más que la aprobación de Dios sobre nosotros. Importa más que ver tu rostro en pantallas gigantes. Importa más que suenes en radios. Importa más que el número de tus seguidores en Twitter multiplicado por diez. Importa más que los autógrafos que vayas a dar. Importa más que la posición o título más genial que vayas a tener. Importa más que la fama y la fortuna. Ya lo dijo Pablo a los Romanos: “Una persona con un corazón transformado busca la aprobación de Dios, no la de la gente”.

Kaká, Tebow, Lin y yo tenemos en común una relación con Dios y un propósito que cumplir. En todos nosotros, Dios está haciendo su obra…. y mientras él sonría a causa nuestra, nada importa más. Nada.