¿De qué estamos hablando?

Mem – [ מ ]

¿Cómo es que puedes medir la madurez de una persona? ¿Cómo puedes saber si alguien ha alcanzado la plenitud en su vida?

¿Lo haces por la edad, por el nivel académico de una persona o por la cantidad de hijos que tiene? ¿Mides la madurez por la forma en que habla o por las personas que alguien tiene a cargo? ¿Lo haces por los éxitos que alcanza? ¿Lo haces por las decisiones que una persona toma? ¿Lo haces por las convicciones que definen su modo de vida y de pensar?

En el caminar cristiano, cuando decidimos realizar esa oración de fe en la que declaramos la aceptación del señorío de Jesús en nuestra vida generalmente somos apoyados por una comunidad, llámese congregación o iglesia. Somos apoyados y dirigidos en nuestros primeros pasos de fe para hacer de tu cristianismo definitivamente un estilo de vida, tu filosofía, pero sobretodo tu relación con Dios, personal y única. Aunque lo practiques en comunidad, al final, cada persona es responsable de su crecimiento en conocimiento y amor por Dios.

Podrás tener los mejores mentores o ser guiado por una comunidad sana de cristianos que buscan convertirse en discípulos reales de Jesús, pero al final son tus decisiones quienes te acercan o te distan de una relación real con Dios.

El Salmo 119 revelan el origen de la plenitud, de la madurez de una persona que decide seguir a Jesús: no radica en sus orígenes, o en su edad, ni en su liderazgo o posición de autoridad. La plenitud de la persona que describe el apartado Mem es aquella cuyo origen proviene de anhelar, desear, estudiar y ser transformado por las Palabras de Dios ofrecidas a cada uno de nosotros.

Que la sabiduría proveniente de la Biblia esté abierta a cada uno de nosotros es un regalo de la Gracia de Dios y al mismo tiempo una responsabilidad. Responsabilidad de no quedarte dormido y esperar a ser instruido por mentores que a tu criterio cumplen con los requisitos para llevarte a “una espiritualidad fuerte”, responsabilidad de no temer en prepararte ni de temer acercarte a Dios a pesar de tu condición económica, social, edad, pecaminosa o académica (sin orden definido), responsabilidad de hacer de la Palabra de Dios tu guía, tu fuente, tu inspiración para cada decisión y propósito en la vida. Responsabilidad para conocer e identificar el Camino que Dios señala en un mundo lleno de mentiras e ideologías que te invitan (incluso en la religiosidad cristiana) a vivir una vida superficial y de éxito personal más que sacrificial y de servicio.

Nuestra fe sin duda alguna es influenciada por los amigos que decidimos tener, por los mentores que acompañan nuestra vida y por las comunidades de las que somos parte, pero sobretodo, por la intensidad con la que la Biblia nos define, no en conocimiento y sabiduría de ella, sino en nuestros pensamientos, en decisiones, en acciones… Actos que demuestren la necesidad de que Dios nos hable sin cesar, actos y pensamientos que evidencien con cuánto gusto recibimos Su enseñanza cada día de nuestra vida, como cuando escuchas tu canción favorita, como cuando te enteras de una buena noticia, tanto, como la miel endulza al paladar…

“¡Oh, cuánto amo tus enseñanzas! Pienso en ellas todo el día. Tus mandatos me hacen más sabio que mis enemigos, pues me guían constantemente. Así es, tengo mejor percepción que mis maestros, porque siempre pienso en tus leyes. Hasta soy más sabio que los ancianos, porque he obedecido tus mandamientos. Me negué a andar por cualquier mal camino, a fin de permanecer obediente a tu palabra. No me he apartado de tus ordenanzas, porque me has enseñado bien. ¡Qué dulces son a mi paladar tus palabras! Son más dulces que la miel. Tus mandamientos me dan entendimiento; ¡con razón detesto cada camino falso de la vida!”(Salmos 119:97-104 NTV)