No somos vagabundos: ¿A dónde vas?

“Somos producto de nuestras decisiones”, escuchamos a menudo en todos lados. Y es que cada decisión es un paso, un avance o retroceso,  hacia un destino. Todos vamos hacia un lugar específico. Nuestras decisiones nos conducen. La gran diferencia es que algunos saben hacia dónde van y otros caminan nada más sin saber lo que buscan, sin estar satisfechos, caminantes sin propósito, caminantes con el mapa equivocado… vagabundos.

Si te preguntaran “¿A dónde vas?”, ¿Qué responderías?

Algunos van en destino hacia sus sueños. Aventureros ansiosos de encontrarse al éxito, cuanto antes, mejor. Forjan una profesión, un presupuesto, una pareja, familia, hasta encontrar la plenitud. Nada mal, deseo de todos.

Otros van detrás del reconocimiento, de demostrarle al mundo que su vida vale la pena, que se nació para algo grande. Gastan sus fuerzas, recursos, a cambio del aplauso de terceros y del silencio de los críticos, ambiciosos sin techo, esperando que con cada experiencia, el mundo los pueda reconocer mejor.

Otro buen número, van hacia donde las masas se dirigen. Imitadores, nada innovadores. Desesperados de que la fórmula del vecino también funcione con ellos. Y entonces los deseos del exitoso se convierten en los de ellos. Se mantienen ocupados más no satisfechos.

Y otros, no podrían responderte con certeza. Caminan sin un rumbo fijo, sin una meta clara. Sin una dirección que les de seguridad. Existen más no viven. Llegar a fin de mes, es para ellos un objetivo, asegurarse un status quo y evitar la fatiga la mayor parte del tiempo pareciera ser su ideal. Mientras no tengan que ser movidos, todo estará bien.

Todos vamos hacia una dirección. Algunos lo sabemos, otros no. Sin embargo, hacia donde vas… ¿Es el destino correcto?

Responder a esta pregunta me recuerda el pasaje de Juan 14:6. Aquel donde Jesús se describe a sí mismo como “El camino, la verdad y vida”. Elegirlo a él, es hacer a un lado cualquier otro destino. Y como diría Eugene Peterson, verlo a Él como el camino a seguir para dirigir nuestra vida es el primer paso y es como descubrimos el poder de Su verdad y la vida que Él ofrece. Seguirlo, es una decisión.

Seguir a Jesús.  Una decisión de entrega, de rendición a dejar de ser dirigidos por nuestros deseos a cambio de una misión, de convertirnos en discípulos de Jesús. Una decisión que día con día debería llevarte a desear ser más como Jesús. A vivir una vida con propósito, por ver realizado el sueño de Dios, por reflejar que sos ciudadano de un Reino eterno. Una decisión que te salva, te transforma, te empodera. Una decisión que te lleva a desear que Jesús tenga cada vez más importancia en tu vida diaria y vos cada vez menos.

Sin embargo, el párrafo anterior en muchas ocasiones queda en mero idealismo. Porque nuestra naturaleza humana siempre encontrará el ceder, el rendirse,  como una contradicción. Porque el ser discípulo de Jesús siempre representará una contienda con nuestros deseos más egoístas, ambiciosos y carnales. Porque ser discípulo representará vivir un estilo de vida contracorriente, contra la cultura del mundo, contra la comodidad, el status quo y la religión.

Y Jesús invita a todos a seguirle. A los soñadores, a los que buscan dirigir su vida hacia aquello que le produzca significado. Jesús invita a aquellos que quieren forjar su identidad basados en lo que otros dicen de ellos. Jesús invita a seguirle a aquellos que imitan las recetas de otros y también invita a aquellos que no saben más que existir. Y la invitación es dejar cualquier camino, los equivocados y los llenos de buenas intenciones, presentarnos a él tal y como somos, tal y como estamos, y seguirle. 

Quien escribe estas líneas tiene que tomar la decisión de seguir a Jesús todos los días. Porque habrán días donde nuestras ambiciones suenan más atractivas que Sus Palabras. Porque habrán días donde las pruebas y el dolor confunden nuestra esperanza segura. Porque habrán días donde todo camino opcional en esta vida parecerá más claro que el seguir a Jesús.

Sin embargo, a medida que recorremos nuestra vida con Él, nos fortalecemos. Y no en nuestras limitadas fuerzas o criterio, sino en Su Palabra, dirección y Reino.  Porque dirigir nuestra vida de sueño en sueño, de reconocimiento en reconocimiento, de receta a receta, siempre será insatisfactiorio. Puede que ganes el mundo entero, pero tu alma no encontrará el reposo ni satisfacción absoluta a menos que te encuentres con Él, día con día.

Y al seguirle, te darás cuenta que los sueños que considerabas como meta final, también se encuentran en este camino con Jesús, solo que colocados en la manera correcta. Tus ambiciones y deseos ya no son establecidos para que el mundo te conozca sino para que vean los demás la gloria de Dios en tu biografía, te darás cuenta que seguir el camino de Jesús te permite ser quien sos, porque tu identidad está segura en Él y no eres el producto de una copia en serie de un gurú exitoso. Porque es entonces que al seguirle, tus historias estarán contando la Gracia, esperanza, fe y demás frutos que resultan de decidir dejar todo en Sus manos  y amor.

Seguir a Jesús va más allá de una oración pública frente a una comunidad de creyentes. Seguir a Jesús va más allá de cumplir cualquier requisito religioso. Seguir a Jesús es la mayor y mejor de todas las decisiones. No es la más cómoda ni la más segura (a los ojos del mundo), pero sin duda, valdrá la pena.

Seguir a Jesús cuesta una vida, pero esa es la vida que quiero (y debo) vivir.