¿De qué estamos hablando?

Para leer dentro de 10 años

Nunca voy a olvidar esa noche hace unos diez o doce años en un congreso en mi iglesia. El conferencista hací­a un llamado a todos aquellos que querí­an entregar su servicio a Jesús. “El Señor está llamando a conquistar naciones” decí­a entre las promesas expuestas. Pasé al frente en la oración final junto a casi la mitad de la audiencia de esa noche y clamé a Dios porque querí­a ser usado con éxito para Su obra. Recuerdo que mientras oraba me miraba en la misma plataforma dirigiendo a un aforo similar, un micrófono en mi mano derecha y una guitarra en la otra.

Así que en esa misma temporada comencé a servir en el área de niños y adolescentes de mi congregación y no olvidaba las palabras del pastor: Naciones, multitudes a los pies de Dios por mi servicio. Algo en mí me daba a entender que esa era la ruta del éxito, llegar a una plataforma y liderar a multitudes a escuchar la Palabra de Dios. Con el tema de la guitarra, decidí­ tomar clases, las cuales las abandoné 6 meses después debido a que simplemente no llevo el ritmo en mis venas como para dedicarme a ello.

Diez años después, agradezco a Dios la oportunidad de encontrar mi vocación y servicio en mi adolescencia, el hecho de enseñar Su Palabra a adolescentes y jóvenes transforma mi vida cada día y me permite acercarme a Dios a través de ello. El camino vivido hasta el día de hoy dista un poco de lo que pude observar en esa oración, esa noche, hace tantos años. ¡Llegará a cumplirse? Puede que sí­, puede que no, pero lo que sí sé, es que estaba un poco desorientado en ese entonces de lo que el éxito en la vida cristiana puede significar. Y eso, es una buena noticia. Muy buena.
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Existe un punto en la vida del cristiano donde su madurez le despierta el deseo de poder servir, con sus talentos y habilidades a Dios y a otros. Y si tú eres como yo, seguramente le has colocado un punto ideal, óptimo, perfecto a lo que deberí­as llegar sirviendo a otros. Y puede que caigas en el problema, como yo, de darle un norte mundano, humano, egocéntrico a lo que el servicio a Dios debe significar.

Porque cuando lo haces como yo lo hice hace una década, corres el riesgo de frustrarte. Cuando ves que el “conquistar naciones”, que el llenar estadios, el dirigir multitudes está distante y en dirección contraria a lo que Dios te está mandando a hacer, corres el riesgo de frustrarte cuando ves que otros “consiervos” (suena muy evangélica la palabra) sí­ crecen y se dirigen a ser mediáticos, reconocidos y admirados por los demás.

Vivimos en un mundo egocéntrico por naturaleza. Y la Iglesia y lo que hacemos en ella no está exenta de nuestro egoí­smo. Queremos ser conocidos, queremos ser excelentes y queremos sobresalir. Es parte de nuestra naturaleza. Pero el éxito en tu servicio dudo mucho que tenga que ver por cuántos te siguen, por cuántos fans tienes en tu página o followers en tus demás redes sociales. Dudo mucho ahora, diez años después que el éxito en entregar tu vida a Dios se mida de manera material, humana, por tu fama, por el tamaño de tu audiencia, dinero, popularidad o sector donde te desenvuelvas; porque al final nuestro trabajo depende más de nuestro corazón, de nuestra obediencia y sí­ de nuestra renuncia a nuestro ego.

Regresa conmigo una vez más a esa noche del congreso donde te hablo. ¿Qué hubiera pasado si quien dirigía la plenaria hubiera hecho un llamado a servir como misionero a pueblos remotos, a enfermos terminales, a niños sin hogar? ¿Cuántos se hubieran levantado como acto de fe y “apropiarse” (otro término evangélico) de dichos llamados? Yo lo hubiera dudado (no lo vería atractivo en mi adolescencia quizás), pero más allá, ¿Cuántos hubieran tomado acción de él? 

Pensando un poco en esto, recuerdo que en mi congregación tenemos alrededor de 40 grupos diferentes de servicios o ministerios en los cuales podemos colaborar con la obra de Dios. Y sin estructura definida, creo que encontramos otras 100 más. Y en cada uno de esos 40 ministerios vas a encontrar gente apasionada por Dios y por lo que les corresponde hacer. Ya sea en un backstage, ya sea al frente dirigiendo tiempos de alabanza, una obra de teatro o predicando. Vas a encontrar a jovencitas que cambian pañales cada fin de semana y señores que ubican en parqueos. Encontrarás personas que se dedican al mantenimiento del edificio y maestros que enseñan a otros a conocer la teologí­a básica para el caminar cristiano. Encontrarás gente apasionada que visita cárceles y orfanatos y que van a orar a hospitales por enfermos terminales. Encontrarás gente que ora por ti sin importar si te conoce y personas que ayunan por tus necesidades aunque tú no lo sepas. Encontrarás familias por toda mi ciudad que abren sus casas cada semana para que el nombre de Dios sea conocido en sus entornos. Y todos y cada uno de ellos con una pasión increí­ble. Usan sus talentos, usan sus recursos y usan su tiempo para la obra de Dios. De ellos quizás el 99% va a ser desconocido y no tendrá una página web para que conozcas su obra o escriba un libro. Pero lo hacen, sin detenerse, sin esperar un premio… Si hubiese conocido a estas personas o me hubiera detenido un poco más para reflexionar en el éxito de mi servicio diez años atrás, sin dudar no me hubiera frustrado. Porque al final, tu servicio es más disposición del corazón que una calificación humana o mediática.

Jesús mismo nos dio ese principio en los evangelios, de olvidarse de la posición que llegues a tener en tu servicio (necesitamos líderes lo sé, pero esto va más allá) y nos llama a ser plataformas, reflejos de Su amor y poder, imitadores de sus hechos. Que si algún día te vuelves famoso por hacer lo que haces o destacas públicamente ya es asunto de Él. Pero si no sucede, no importa, sigue, cree y haz lo que Dios requiere de ti para honrarle.

Steven Furtick, pastor estadounidense, habla en uno de sus libros sobre que el simple hecho de ser un servidor de Jesús te da el puesto más importante: ser un conector entre la gente perdida y sin esperanza con Dios.

Si tu servicio lo haces en obediencia y amor a Él, usas lo que se te dio y las personas conocen a Jesús a través de ti, pues ya puedes considerarte exitoso. Ya sea que lo hagas frente a 5 personas, discipulando a un par o parado frente a miles… con una guitarra en una mano y un micrófono en otra ( :] ).

A Dios no le interesa que la Iglesia está llena de “one-man-shows”, no los necesita. Porque sólo Él es Luz, Camino, Verdad y Vida. Dios necesita gente como tú y yo, ordinarios pero apasionados por contar en palabras y hechos que una restauración personal es posible a causa de renunciar a nosotros y abrazar la salvación y gracia que sólo Él puede otorgar.

Que tu escenario sea cada día donde pones tus pies y tu audiencia sea cada hombre y mujer que te encuentres en la rutina que tengas, sean multitudes, sea uno. Que tu servicio aún siendo anónimo presente a Jesús con la misma intensidad que tus héroes de la fe que ves en los medios lo hacen, pues al mismo Señor servimos, amamos y proclamamos y a todos nos fue dada la misma misión, ya sea anunciada a 5000, ya sea a 5.

Salva Marroquí­n (y quien lee hoy esto), esta carta va para ti mismo en primer lugar. Que en 10 años y sea a donde sea que Dios te lleve, use o mueva, recuerda la razón por la que sirves hoy, la razón real por la que decidiste comenzar hace 10 años, por la que comenzaste este blog y por lo que haces hoy en honor a Él. Salva, que en 10 años tus razones de servir a Dios se mantengan intactas, sea que sirvas a uno, sea que sirvas a 1000.

Que tu éxito lo defina Dios y que el tiempo te muestre que hagas lo que hagas, conocido o no, hace sonreír a Dios. Porque, ¿Qué mayor premio que saber que el Creador de todo sonrí­a a causa tuya?