¿De qué estamos hablando?

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Uno de los problemas internos más complicados que sufre el ser humano está en riesgo de perder su identidad. Ya sea por la influencia de una cultura dominante, por la pérdida de convicción y valores, por errores cometidos, por fracasos que adoptaron como propios y definitivos; por su falta de propósito. Si se descuida la fuente y raíz de identidad de una persona, de una nación, tarde o temprano esta deja de ser.

Varios siglos atrás, el pueblo de Israel fue víctima de esto. Su desobediencia, su fascinación por los deseos y valores de otras culturas ajenas al modelo de vida que Dios diseñó los terminaron de enterrar en un sinfín de problemas, cuyas consecuencias terminaron con la destrucción de su capital Jerusalén y el destierro del pueblo a Babilonia. Israel con el tiempo dejó de ser en el pueblo del Dios invisible, dejó de ser esa ciudad importante a la cual acudían los reyes y emperadores del mundo antiguo para admirar la sabiduría del gran Salomón. Israel dejó de ser el pueblo del Dios de Abraham, Isaac y Jacob para ser una ciudad sin murallas, sin pueblo, sin bandera… una nación sin identidad.

Sin embargo, en medio de esa generación derrotada, la Biblia nos habla de un hombre llamado Nehemías, copero del rey de Persia, un hombre común y corriente, cuya biografía no nos cuenta ningún milagro sobrenatural; pero sí nos demuestra su gran capacidad de liderazgo y dependencia en Dios.

Nehemías exiliado y lejos de la tierra israelita, la de sus antepasados, escucha la condición de su actual Jerusalén y una carga se enciende en él: no podía permitir que su nación fuera un pueblo sin identidad. La historia te muestra que con una gran fe en Dios, recibe la aprobación para regresar a Jerusalén y reconstruir las murallas, recibe todos los insumos necesarios y se empeña en trasladar una visión diferente al pueblo herido de Israel.

52 días después las murallas son terminadas y el pueblo celebra, su pueblo va recuperando la vida que había perdido. Pero para Nehemías el trabajo no finalizaba en la construcción de las murallas, un símbolo de seguridad para cualquier pueblo antiguo. Decide ir al centro de la identidad del pueblo de Israel y recordársela a sus compatriotas: La Palabra de Dios.

Nehemías 8 y los capítulos posteriores nos cuentan quizás la reforma más importante que vivió Israel a causa del deseo de un hombre de honrar a Dios en medio de una generación sin identidad ni valor. Cuando el pueblo escuchó los mandatos de Dios y sus ordenanzas que definieron los tiempos de oro de Israel, decidieron regresar a ellos, arrepentirse y retomar la obediencia que una vez perdieron.

Israel dejó de ser el pueblo sin murallas del cual todos se burlaban a ser un pueblo unido, comprometido a recuperar los fundamentos de su nación. Y Dios estuvo con ellos.

El mundo en pleno siglo 21 necesita de hombres y mujeres como Nehemías. El mundo necesita de cristianos, seguidores de Jesús con una identidad afirmada en la misma fortaleza que hizo que Nehemías dejara de ser el simple copero de un rey para llegar a ser el líder que cumpliera el sueño de Dios en su generación, en su nación.

La Palabra de Dios le dio la fortaleza necesaria a Nehemías para creer que el poder de Dios obraría aún en medio de la derrota física y espiritual de su pueblo. Y así fue.

Veo mi generación, la época en que me tocó vivir y aunque no vivamos en países en ruinas, siempre habrá necesidad de levantarse en medio de estos tiempos y en el nombre de Dios iniciar procesos de transformación reales que honren la voluntad de Dios, nos acerquen a presentar el amor que nos define al prójimo y que nos permita cumplir el propósito para el que fuimos diseñados.

Este post no tiene como intención decirte qué hacer y cómo hacerlo (no hay recetas únicas y eso es bueno), pero sí tiene la intención de acercarte a desear que la Palabra de Dios y el tiempo que inviertas en tu relación con Él moldee tu vida y la influencia que Dios decida poner en ti.

La Palabra de Dios, Su Mensaje ha traspasado el tiempo y culturas y hoy te (me) invita a que seamos inspirados por ella para no dejar al mundo como lo encontramos. Seamos guiados, enseñados, moldeados, constreñidos, desafiados, insatisfechos por las enseñanzas, por los mandatos, por el amor que encontramos en la Biblia. Y que la consecuencia es que nos levantemos y actuemos porque las enseñanzas de la Biblia guiará nuestros pasos.

Valdrá la pena.

Tus leyes son maravillosas. ¡Con razón las obedezco! La enseñanza de tu palabra da luz, de modo que hasta los simples pueden entender. Abro la boca y jadeo anhelando tus mandatos. Ven y muéstrame tu misericordia, como lo haces con todos los que aman tu nombre. Guía mis pasos conforme a tu palabra, para que no me domine el mal. Rescátame de la opresión de la gente malvada, entonces podré obedecer tus mandamientos. Mírame con amor; enséñame tus decretos. Torrentes de lágrimas brotan de mis ojos, porque la gente desobedece tus enseñanzas. (Salmos 119:129-136 NTV)