¿De qué estamos hablando?

Sámec – [ס]

Durante gran parte del mundo antiguo, la sabiduría, los hechos y la ciencia de ese entonces eran trasladadas entre las tribus y reinos a través de los contadores de historias, los storytellers, hombres y mujeres que tenían la autoridad suficiente para hacer callar a sus pueblos y transmitirles un mensaje que definía muchas veces lo que vivían o hacia donde debían dirigirse. Pasó mucho tiempo hasta la invención de rollos, papiros o material similar al papel para que tal sabiduría quedara protegida para las generaciones posteriores.

Pienso ahora en aquellos que recibieron de manera directa la sabiduría y ordenanza de Dios. ¡Cuánto valor debían tener para dirigirse a sus generaciones y anunciar el mensaje de Dios! ¡Vez tras vez, sin detenerse, lo que fuera necesario decir! Las palabras que hoy estudiamos en su momento dieron esperanza, otras corrección y algunas anunciaban tiempos de dificultad, sin embargo por más difícil que fuera el contenido del mensaje, estas personas que hoy recordamos en cada libro de la Biblia no dejaron de anunciar la Verdad de Dios.

¿Cuánta pasión había en sus corazones por anunciar Su Mensaje, pero sobretodo por ser receptivos al mismo y vivirlo, haciéndole saber al mundo que lo que habían escuchado de Dios, era real, transformador y digno de obedecer?

Leer por ejemplo la vida de Jeremías y saber que no podía contener la fuerza de ese mensaje, aún si era objeto de burla o de odio por sus contemporáneos (Jeremías 20:9); leer  las palabras de Josué registradas al final del libro que cuenta sus vivencias como líder de Israel, haciéndole saber a su pueblo de que debían cuidarse de alejarse de Dios y que a pesar de toda tentación, Él decidía ser fiel (Josué 24:15). Leer en 1a de Reyes la vida de Elías y a pesar de sus temores y cansancio, permaneció fiel a Dios porque el amor que sentía por Él era tan grande que consumía sus fuerzas (1a Reyes 19:9-10), pensar en Pablo y en saber que el amor de Dios lo controlaba, lo constreñía (2a Corintios 5:13-14); y así, cada pequeña y gran historia que la Biblia nos presenta de hombres y mujeres comunes y corrientes que eran dominados en acción y pensamiento por El Mensaje que Dios necesitaba comunicar.

Para estos héroes el simple hecho de escuchar que alguien se oponía o desestimaba el Mensaje del cual eran portadores era algo que los retaba. No lo podían esconder, no lo podían callar, debían y necesitaban vivirlo, anunciarlo, a pesar de cualquier dificultad. ¿Cuánta pasión había en ellos? ¿Podríamos imitar tal valentía?

Para serles sincero, no sé si me podría equiparar alguna vez al  lado de tales mujeres y hombres valientes. Pero puedo descansar en que el Mensaje del cual ellos fueron portadores es el mismo que me ofrece una oportunidad para vivirlo hoy. Los entornos en que vivimos han cambiado hoy respecto a los primeros oyentes de la Biblia, pero el Mensaje y la necesidad de anunciarlos en palabras y acción no ha disminuido. Tenemos que actuar y predicar tal mensaje desde donde estemos, con quienes estemos.

Quienes triunfan cumpliendo la voluntad de Dios antes fueron controlados por Su Palabra, y tal conquista, tal derrota es al final, la mejor de nuestras victorias, sobre el viejo hombre, sobre nuestro pasado, sobre quien no debemos ser. Que nuestra pasión por Dios nos acerque a honrarle hoy y siempre.

“Detesto a los que tienen divididas sus lealtades, pero amo tus enseñanzas. Tú eres mi refugio y mi escudo; tu palabra es la fuente de mi esperanza. Lárguense de mi vida, ustedes los de mente malvada, porque tengo la intención de obedecer los mandatos de mi Dios. ¡Señor, sostenme como prometiste para que viva! No permitas que se aplaste mi esperanza. Sostenme y seré rescatado; entonces meditaré continuamente en tus decretos. Pero has rechazado a todos los que se apartan de tus decretos, quienes no hacen más que engañarse a sí mismos. Desechas a los perversos de la tierra como si fueran desperdicios; ¡con razón me encanta obedecer tus leyes! Me estremezco por mi temor a ti; quedo en temor reverente ante tus ordenanzas.” – Salmo 119:113-120