¿De qué estamos hablando?

Shin–[ש]

Una de las etapas más difíciles en la vida del ser humano sin duda alguna es la adolescencia. Esa etapa en donde ya no eres niño pero tampoco eres adulto. Esa etapa donde los cambios es la constante del día a día. Donde tu identidad se encuentra en la encrucijada de si comienzas a definirla tú u otros comienzan a definirte.

Esa etapa en donde tienes que tomar decisiones que tomaban antes por ti… Esa etapa llena de riesgos y en mi caso, una etapa llena de inseguridad. Soy introvertido y en mi adolescencia pensaba que la introversión era igual a la timidez, y que esa era la definición de mi carácter, convirtiéndose un gran problema el tomar riesgos y decisiones fundamentales. Esa inseguridad también provocaba que mis defectos y tropiezos se vieran gigantes y que una solución sería difícil de encontrar.

En esa etapa de cambios, pude encontrarme con Jesús, y tuve que tomar decisiones sobre a qué voces haría caso y a cuales callar. Sobre qué  sentimientos dominaban mi vida y cuáles no. Sobre qué fecha de expiración tendrían mis temores, mis dudas, mis inseguridades y cuándo realmente iba a vivir la vida que Dios me prometía día a día.

Y en medio de esa etapa fue que decidí… fundar mi vida en la Palabra de Dios. Y tomar esa decisión ha hecho tanto bien. Decidirme por conocer lo que Dios tenía que decirme no fue un evento de un día sino ha sido un proceso que sigo viviendo, un hábito que busca un espacio entre mis prioridades diarias siempre. Y es que en este mundo lleno de voces que te empujan a caminos equivocados, la mejor defensa y seguridad a tus dudas y temores la puedes encontrar en Su Palabra.

Soy imperfecto, pero sé que Su poder se perfecciona en mi debilidad. Tengo dificultades, pero sé que Cristo ha decidido ayudarme en mi día a día. Tengo necesidad de sabiduría, pero sé que el Espíritu Santo me acompaña en mis decisiones… soy un hombre en camino a vivir bajo el estilo de vida que Jesús denominó “del reino de Dios” y por naturaleza voy a fallar, pero Su Palabra me habla de un término que este mundo se niega a comprender: Gracia.

Hoy y el resto de nuestras vidas, enfrentaremos dudas, temores, prejuicios que la cultura, las personas que nos rodean o incluso nosotros mismos nos imponemos. Pero cuando nuestra alma conoce su verdadera identidad, no habrá palabra o voz que la disminuya. No por nuestra fuerza, no por nuestro talento, sino porque sabemos que somos parte de los hijos de Dios.

El mundo podrá hablar (y seguro lo hará) y querrá disminuirnos, pero podemos encontrar la paz, seguridad, amor, gracia y propósito en lo que Dios tiene que decirnos: Palabras fieles, palabras eternas, palabra de Verdad.

“Gente poderosa me acosa sin razón, pero mi corazón tiembla sólo ante tu palabra. Me alegro en tu palabra como alguien que descubre un gran tesoro. Odio y detesto toda falsedad, pero amo tus enseñanzas. Te alabaré siete veces al día porque todas tus ordenanzas son justas. Los que aman tus enseñanzas tienen mucha paz y no tropiezan. Anhelo que me rescates, Señor, por eso, he obedecido tus mandatos. Obedecí tus leyes, porque las amo mucho. Así es, obedezco tus leyes y tus mandamientos porque tú sabes todo lo que hago.” – Salmo 119:161-168 NTV