¿De qué estamos hablando?

Tau–[ת]

El Salmo 119 es una de las mejores formas para descubrir la dependencia que tiene nuestra alma de escuchar la voz de Dios y de ser moldeada en su eternidad a través de los mandamientos, historias, versos y enseñanzas.

Reflexionar en ellos me ha llevado a valorar el hecho que nuestro Dios haya inspirado a hombres y mujeres de distintas generaciones del pueblo judío a obedecerle y convertir la fe en un estilo de vida, estando atentos a la voluntad del Padre más que a la propia y documentar en todo tipo de género literario e historias los milagros y ordenanzas de Dios a través de los tiempos.

Me permite conocer el celo que muchos guardaron por las Escrituras a través de los tiempos, protegiéndolas de desaparecer, apasionados por comunicarla y desesperados porque la Verdad del mensaje de Jesús no fuera tergiversado en las épocas oscuras de la Iglesia. 

Y me permite vivir la convicción de que Su mensaje ha permanecido a través de siglos, de modas, de gobiernos, de culturas. Me permite saber que dicho Mensaje que transforma mi vida es Verdad.

Cada apartado de este Salmo acróstico, nos inspira a conocer a Dios y Su fortaleza, a conocer la plenitud que puede definir nuestra vida si decidimos obedecer dichas palabras. Me permite conocer las consecuencias  y promesas que están destinadas a aquellos que deciden obedecer y encontrar plenitud en el Mensaje de Dios, cuyo momento cumbre encontramos en la salvación a través de Jesús.

Y la manera en que finaliza este Salmo, me sorprende aún más, pues los escritores deciden cerrar con un mensaje de auxilio, de dependencia, de humildad, presentando la necesidad de ser guiados por Dios. El Salmo 119 termina clamando el favor y auxilio de Dios en la vida diaria.

Ser cristianos no nos hace exentos del pecado,de errores o de problemas. Dios no prometió perfección en nuestras vidas al decidir seguirle, pero prometió estar con nosotros siempre, moldearnos siempre, amarnos siempre, darnos vida y propósito siempre. En nuestras manos está decidir si avanzamos guiados por sus enseñanzas o por nuestra voluntad y corta visión.

Y si fallamos, conocemos de Su Gracia. Abierta siempre a una segunda oportunidad.

Hoy quisiera cerrar esta serie, expresándole a Dios mi vulnerabilidad de la misma manera que los escritores del Salmo 119. Soy imperfecto y Dios lo sabe, y a pesar de eso, decide amarme. Conozco mis tentaciones y problemas pero también conozco la respuesta que vence mis dudas y temores, tentaciones y lo que pueda agobiarme. Una respuesta que me permite vivir confiado en el amor de Jesús.

Una respuesta que encuentro día a día, una respuesta que renueva mis pensamientos, transforma mi entorno y me da dirección en cualquier situación. Una respuesta que define mi hoy, le da esperanza a mi mañana y me permite creer en una eternidad que jamás estaría vacía de amor y paz. Una respuesta a mi necesidad e imperfección que encuentro atesorada en La Palabra de Dios.

Oh Señor, escucha mi clamor; dame la capacidad de discernir que me prometiste. Escucha mi oración; rescátame como lo prometiste. Que la alabanza fluya de mis labios, porque me has enseñado tus decretos. Que mi lengua cante de tu palabra, porque todos tus mandatos son correctos. Tiéndeme una mano de ayuda, porque opté por seguir tus mandamientos. Oh Señor, he anhelado que me rescates, y tus enseñanzas son mi deleite. Déjame vivir para que pueda alabarte, y que tus ordenanzas me ayuden. He andado descarriado como una oveja perdida; ven a buscarme, porque no me he olvidado de tus mandatos. – Salmos 119:169-176 NTV