¿De qué estamos hablando?

Tet – [ ט ]

El domingo pasado vivimos uno de los momentos más emotivos en familia desde el inicio de nuestra vida cristiana. Ninguno de mis hermanos, ni mis papás, ni yo, fuimos los protagonistas; sino otras familias amigas, quienes decidieron realizar un compromiso de obediencia con Dios, bautizándose. Este evento surgió luego de una discusión en el grupo de estudio bíblico que mi mamá tiene semana a semana y al ver que la mayoría de personas aún no se habían bautizado, mis papás decidieron ser los anfitriones del evento. Cada uno de nosotros ejecutó un papel en especial en base a los talentos que Dios ha formado en nosotros y aunque no conocía del todo a nuestros invitados, realmente disfruté cada segundo de lo que en mis palabras fue: una fiesta, una celebración de haber dejado una vida que nos pertenecía, a cambio del Señorío de Dios.

Ahora, lo que me emocionó a mí, no fue en sí el evento (vivo en un entorno cristiano desde mi niñez), sino el valor que tenía esa decisión para cada persona. Generalmente la vida está llena de momentos buenos y malos que van tejiendo nuestra biografía, y en esas decisiones, algunos nos encontramos con Dios y la vida no vuelve a ser igual, sobretodo porque tienes esa necesidad-obligación-responsabilidad de morir, sí, de morir a ti mismo. Una y otra vez.

En las personas que iban subiendo a la pileta y hacían ese paso de fe cristiano tan especial, podíamos recordar los testimonios de su antes y ahora en Dios. Personas enfermas que fueron sanadas, hombres y mujeres sin esperanza y sin propósito en la vida y hoy llenos de fe. Personas con temores que desaparecieron a causa de Cristo, personas que decidieron creer una vez más en el valor de la vida, personas que incluso llevaban una “vida normal” pero decidieron ir más allá y hoy siguen a Jesús. “Mueres a ti mismo, a cambio de una nueva vida en Dios” pareciera ser el recordatorio en ese acto de inmersión. Las lágrimas ese día no eran las invitadas especiales, pero decidieron aparecer. No por el evento, sino por la decisión y la historia detrás de ella.

La Biblia nos habla de Dios y de las reglas y mandamientos que dejó a Israel para ser diferente a otros pueblos a su alrededor, para que con sus actos pudieran darle Gloria a Él y con su diferencia, el mundo entero pudiera saber que Jehová es el único Dios. Las reglas y mandamientos en los tiempos de fundación del Nuevo Testamento de igual manera, conservaban la misma esencia: que a través de su obediencia, el hijo de Dios, honrara el sacrificio de Jesús en la cruz y diera gloria a Dios con sus actos, con sus decisiones.

Dios nos invita a una nueva vida, que implica morir a aquella dominada por nuestra suficiencia y orgullo. Una vida cuya estructura la sostiene los mandamientos y obediencias, sí; pero cuya esencia va más allá de toda regla: una vida basada en una relación personal, no por temor, sino por la fuerza que domina el Universo: Amor.

Su Palabra nos muestra mandamientos y reglas, algunas difíciles de comprender para nuestra sociedad (en incluso para los que escucharon en vivo dichas advertencias), pero también nos muestra Su amor y la invitación personal para cada ser humano a través de la historia, en la cual estamos incluidos. Pero que al final, la renuncia al placer instantáneo por una vida definida en eternidad, será como el domingo vivido en “La Granjita”, una fiesta, una celebración y en este caso, eterna.

La nueva vida en Jesús implicará decisiones diarias, un cambio y crecimiento constante, pero la fuente de sustento sin duda alguna la tenemos cerca, Su Palabra, Palabra viva que celebramos, que nos transforma, que nos guía a la vida, la vida que debemos realmente vivir.

“Señor, has hecho muchas cosas buenas a mi favor tal como lo prometiste. Creo en tus mandatos; ahora enséñame el buen juicio y dame conocimiento. Yo solía desviarme, hasta que me disciplinaste; pero ahora sigo de cerca tu palabra. Tú eres bueno y haces únicamente el bien; enséñame tus decretos. Los arrogantes me difaman con mentiras, pero la verdad es que obedezco tus mandamientos con todo el corazón. El corazón de ellos es torpe y necio, yo, en cambio, me deleito en tus enseñanzas. El sufrimiento me hizo bien, porque me enseñó a prestar atención a tus decretos. Tus enseñanzas son más valiosas para mí que millones en oro y plata.” – Salmos 119:65-72